Visitamos la franja fronteriza entre Korea del Norte y del Sur. ¿Zona de rencilla o de esperanza?

Uno de los temas más candentes en el planeta en los últimos tiempos es el de Korea del Norte. No hemos accedido allí, pero sí hemos viajado a Korea del Sur, donde ineludiblemente visitamos la DMZ, es decir, la Zona Desmilitarizada.

No sabría si catalogarla como una zona de nadie o una zona de ambos. Realmente se trata de una frondosa franja de bosque de entre 1,5 y 2 km de anchura que separa ambos países desde el fin de la guerra de Korea, en 1953.

Resulta pues obvio que sólo se pueda contemplar desde el exterior, donde se ha levantado un complejo que incluye mirador, museo, tiendas y monumentos, denominado precisamente así, DMZ, cosa que me chocó porque, contrariamente a lo que sugiere su nombre, la seguridad para entrar al recinto parece que va en serio.

DMZ Corea del Sur

Si estáis interesados en ir, deberéis saber que lo mejor es contratar la excursión con un operador, sobre todo si queréis estar a pie de alambrada, donde no se puede acceder de otra manera.

Y es que, no consiste en llegar y pegar, y tampoco puedes ir allí a tu marcheta, así que la agencia será de una gran ayuda. Al menos setenta y dos horas antes has de enviarles copia del pasaporte y ellos se encargarán del resto, hasta de comprarte un helado cuando te vean con calor.

En nuestro caso, a las 8 en punto de la mañana nos recogía un automóvil en nuestro hotel de Seul. Para nuestra sorpresa y satisfacción sólo para nosotros, con chófer y guía, eso sí, en inglés. Encontrar algo en español es complicado en Korea.

La primera parada fue dentro de la ciudad, en el punto exacto donde una placa indica que, gracias a un confidente, se evitó el atentado de un antiguo presidente, a pocos metros de la Casa Azul, la sede del gobierno, que pudimos ver sólo una fracción de segundo porque no se permite parar.

Después, desde un mirador, observamos la colina de viviendas de la gente pudiente y a su ladito, las oficinas de la empresa Samsung, todopoderosa en el país, no hay producto o familia que de una u otra forma no tenga que ver con ella.

Por fin llegamos a destino. Un parking enorme y numerosos monumentos a los combatientes entran dentro de lo esperado. Un área infantil con aspecto de feria y trenecito incluido, no tanto, y es que casi me daba más la sensación de un lugar de tortilla con la familia que de una zona fronteriza delicada.

Claro que, lo entiendes cuando constatas que desde allí sale un bus a la DMZ cada quince minutos y que a pesar de ser poco más de las diez de la mañana, ya te dan el ticket para mediodía.

Así que partimos, haciendo tiempo, hacia un cuartel en la mismísima línea divisoria, lo que llaman el NLL (Nothern limit line, el límite del norte) donde, ponen una bandera del país bien visible saliendo por la ventanilla del coche, nos retienen el pasaporte, todo el tiempo nos acompaña un soldado, no hay un solo turista y nos advierten muy seriamente de la prohibición de sacar fotos excepto en los lugares que nos indican.

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Bajar a las casillas semi ocultas de observación y sobre todo caminar junto a una alambrada, llamémosla “en activo”, es una sensación nueva, distinta a cualquier otra vivida, máxime cuando hay observándote, que sepamos, un soldado a tus espaldas, otros en las garitas cercanas y quién sabe cuántos más allá del bosquecillo que por momentos se me antoja demasiado lejano y por momentos  demasiado cercano. Quién sabe si a alguien se le pueden cruzar los cables en ese mismo instante.

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Bajada a un punto de observación semioculto

El guía se ofrece a sacarnos una foto con el soldado queriendo hacernos creer que somos los únicos a quienes se lo permiten y advirtiéndonos de no subirla a las redes sociales. Pero esto mismo nos contaron unos amigos que fueron antes a otro cuartel. Debe ser el puntazo de todos los guías para que el turista se sienta genial, así que fingimos agradecimiento, para qué estropearle la historia.

Sin embargo al marchar nos dijo que no pasaba nada por publicar la foto, así que aquí la dejo de recuerdo, aunque no sé yo hasta qué punto al pobre chico le haría gracia posar con unos guiris con los que ni siquiera podía comunicarse debido al idioma, a fin de cuentas no estábamos en un parque temático.

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El trozo bonito para la foto, con numerosos pajarillos de la paz, en madera, sobre los pequeños troncos

Tras un receso en un restaurante familiar entre campos de arroz y ginseng,  donde aprendimos a preparar una barbacoa de pato, uno de los manjares típicos coreanos, regresamos al memorial, donde no solamente contemplamos los numerosos monumentos…

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Sino también un trozo de tren acribillado y una alambrada simbólica repleta por miles de coloridas cintas con mensajes.

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Cosas ambas que, si bien podían impactar,  no me impresionaron tanto como unas vías ferroviarias que se cortaban en seco, a las que nadie prestaba atención pero que a mí, a mí me helaron la piel al transportarme vertiginosamente a los campos de concentración nazis, que no es que tengan que ver con Corea, aunque de sufrimiento desde luego que también se trató.

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Una placa indica la distancia que separa ese lugar de las dos ciudades más cercanas a ambos lados. Placa que en otras circunstancias pasaría inadvertida pero que de momento adquiere un peso especial.

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Y allá al fondo, bien blanco, atravesando las estrechas aguas que separan las dos Koreas, divisamos el llamado Puente de la Unificación, ese que como tantas otras cosas en el país, espera impaciente a ser utilizado.

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Y que no es lo mismo verlo asi que como en la imagen siguiente, por mucho que esa alambrada concreta no estuviera en su sitio real

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Subimos por fin al bus. Cinco minutos exactos antes de partir me doy cuenta de que me dejé el pasaporte, indispensable, en el coche. Ya me veo en tierra pero,  una llamada del guía al chófer y, tres minutos después, éste se planta ante el bus. Uf menos mal, de lo contrario hubiera sido engorroso, si no imposible, el paso por el control militar donde un policía sube al bus y comprueba que todos disponemos de nuestra documentación.

Circulamos un poco en zigzag esquivando los pinchos del suelo de varios controles, ascendemos por una carretera montañosa y finalmente llegamos a un edificio con mirador desde el que se podía contemplar bastante bien el territorio del norte: alguna casa, algún puesto de control, alguna bandera…

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Como anécdota, contaros que, al contratar la excursión nos pidieron que fuésemos vestidos “decorosamente”, cosa que no terminábamos de entender. Y es que, según se cuenta, no sé si será real, ante la moda de los pantalones desgarrados, los norteños que, seguro observarán también a los vecinos, hicieron circular el comentario de “fíjate si serán pobres al otro lado que hasta van con la ropa rota”.

Posteriormente nos trasladaron al que denominan “tercer túnel”. La historia me pareció interesante. Un desertor indicó que aunque estuvieran en período de paz, el norte excavaba túneles que ya habían conseguido penetrar en el sur. Cuatro años estuvieron buscándolos. Enormes máquinas realizaban agujeros por distintos lugares por los que luego introducían agua. Si ésta regurgitaba pronto significaba que no había cavidades. Finalmente, después de 107 agujeros, el agua no salió, y no uno sino cuatro túneles han sido encontrados hasta la fecha en distintas zonas.

DMZ Coreadel sur. actualidad.com
Imagen de actualidad.com

Imaginé túneles como los de Cu Chi, en Vietnam, difícilmente más minúsculos, pero nada de eso. Al menos el visitable, descubierto en 1978, posee una  altura y anchura más que sobrada, salvo en algún trecho que si no es por el casco nos dejamos la crisma.  Baste imaginar que las dimensiones parecen permitir el paso de hasta 30.000 soldados por hora. Con todo, sólo autorizan explorar una ínfima parte de los 1.635 m. de largo que posee.

DMZ Corea del Sur. cnnespanol.cnn.comImagen de cnnespanol.cnn.com

Es curioso acceder a él: desciendes en un trenecillo por otro túnel excavado a tal fin por Corea del Sur. La pendiente es bastante pronunciada durante los 250 metros de recorrido en los que la humedad y bajada de temperatura se hacen palpables.

Después caminas y al fondo de uno de los ramales puedes ver una alambrada y, a través de un agujero, el bunker que han construido delante como defensa extra ante quien se quiera adentrar.

DMZ corea del sur actualidad.com
Imagen de actualidad.com

A pesar de que sólo veía una pared de hormigón y de que ya conocía túneles de otros países -no tenemos más que acercarnos a “nuestra” Gibraltar-  a mí me impresionó. No logro acostumbrarme a la posibilidad de vivir en ellos y tener que defendernos hasta por debajo de tierra.

Continuó el recorrido con la visita a un pequeño museo del que podríamos haber sacado más jugo si no es porque sólo nos permitieron parar veinte minutos. El tiempo de parada en cada lugar estaba más que marcado y una vez más hubimos de agradecer a nuestro guía el perfecto dominio del crono y su buen hacer para llegar siempre los primeros a las zonas más interesantes evitando así por unos momentos a la muchedumbre porque, sin duda, ha sido el lugar en el que más turistas hemos encontrado durante nuestra semana de estancia en el país.

Para concluir nos llevaron a una estación de tren sin inaugurar, uno de los numerosos símbolos de esperanza de reunificación. Relojes y vías están preparados, en espera de poder ser utilizados libremente para comunicar a los habitantes de dos países que nunca debieron dejar de ser uno.

Regresamos a Seul. Doce horas han transcurrido que parecieron sólo dos. Nuestro guía seguro que descansará al llegar a casa, no ha parado de contar y contestar preguntas.  No ha sido especialmente barata la excursión pero he de reconocer que desde luego hoy se ha ganado el sueldo.

¿Se logrará finalmente la unión de estos dos pueblos hermanos? ¿Lo veremos nosotros? ¿Sabrán adaptarse tras tantos años de distinta ideología?

En una o dos generaciones las familias poco tendrán en común. Esos hijos separados de sus padres, esos hermanos separados entre sí, esos amigos, esos amantes… Las vivencias quedaron en recuerdos, primero de sus protagonistas, ahora de sus descendientes, mañana… ¿de quién?

Pocas de esas miradas impotentes que vieron elevar la alambrada existen ya. Otras las han sustituido, necesitan conocer a los suyos, recomponer la historia familiar aun a base de retazos. ¿Por cuánto tiempo, por cuánto llegarán a sentir interés por reencontrar a los de su sangre?

De momento hay esperanzas. Y como bien se suele decir, la esperanza es lo último que se pierde.

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