Nos vamos de paseo por los mismos senderos que los hobbits, personajes de una de las películas más populares de la historia del cine, El señor de los anillos.

Me gusta el séptimo arte pero no soy en absoluto entusiasta del cine fantástico. Así que lo primero que he de confesar es que no he visto la película del Señor de los anillos ni tampoco la trilogía de los Hobbit. Es más, ni siquiera sabía de qué iban hasta que comencé este artículo cuando, por amor propio, investigué en alguna web.

Pero ¡quién no ha oído aunque sea el título!

Sí había visto, sin embargo, alguna fotografía del poblado de Hobbiton y pensé: algún día me encantaría verlo. Inculta de mí, sin saber que era precisamente uno de los escenarios de dos de las películas de la saga.

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Bien, pues ese día llegó.

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Estamos en Nueva Zelanda y Hobbiton es el destino turístico número uno de la isla. Gracias al GPS, que si no ni de broma, llegas a las taquillas. Y eso que entre los estudios de cine y el ejército construyeron una carretera de 20 km hasta el lugar. Carretera necesaria, porque aquello en principio no era más que monte. Increíblemente bello, eso sí.

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Parece ser que estuvieron nada menos que dos años buscando la localización de exteriores y, de repente un día, sobrevolando la zona en helicóptero, surgió como una alucinación.

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O como una visión celestial porque desde luego, al dueño del terreno, se le apareció un ángel. No sólo obtendría un buen alquiler por el lugar durante el montaje de decorado y la filmación sino que actualmente percibe un 25% de los ingresos turísticos. Solamente la entrada ya supone unos 50 dólares por persona y son cientos de miles las que acuden anualmente. No sé, pero creo que tanto él como sus hijos y nietos tienen ya la vida solucionada.

A pesar de tanto turista se ve que, de habla hispana pocos, porque aún con un tour cada quince minutos, ni uno sólo es en español. Y es que estos países, el real, Nueva Zelanda, y el imaginario, Hobbiton, en verdad que están donde Cristo dio las tres voces.

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Algunos turistas venían preparados. ¿O es que al final va a ser verdad que existen los hobbit?

Subes al bus y durante los diez minutos aproximados de trayecto prestas poca atención a las imágenes del monitor rememorando el film. Eso puedes hacerlo en cualquier momento a través de internet, pero contemplar la naturaleza que recorres tal vez sea difícil de repetir. Aparece ante ti un paisaje de ensueño: montículos lujuriosamente verdes salpicados de decenas de ovinos cual bolitas de algodón.

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Una vez en destino, nuevamente hago exhibición de mi ignorancia. Afortunadamente no hago demasiado el ridículo porque excepto mi marido, que se carcajea, nadie me entiende. Y es que yo pensaba que el poblado era real y no un mero escenario al más puro estilo de Hollywood, o como allí se dice, de Wellywood, ya que la capital del país, Wellington, es famosa por sus estudios de cine.

Películas tan célebres como King Kong, Las crónicas de Narnia, Avatar, El Hombre de Acero o la antigua serie  Xena, la princesa guerrera, que mira que no era muy buena, pero me la tragaba todos los sábados, fueron rodadas aquí. Y no es de extrañar, por los magníficos exteriores naturales y por la escasa población, que también ayuda ese detalle a la hora de los permisos y despliegues técnicos.

A paso perfectamente cronometrado por la guía, vamos contemplando las casitas de cada personaje. Te seducen sus reducidos tamaños, su dulce diseño, sus casi ocultas ubicaciones. Es como introducirse en un cuento de hadas y elfos.

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Inmediatamente te sientes protagonista de cualquiera de las historias de la infancia: puertas graciosamente redondeadas incrustadas en los collados, jardincillos cuidados, huertos…

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Todo plagado de minuciosos detalles: candelabros, cortinas, floreros o alimentos tras las ventanas,  ropa tendida, aperos de labranza, buzones, chimeneas humeantes y un largo etcétera.

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Realmente pondría en una balanza qué era más enternecedor, si lo que contemplábamos o las caras de ilusión de los contempladores. Una llana sonrisa era la característica común de todos y cada uno de los presentes.

La desilusión vino cuando nos dejaron “entrar” en la única casa disponible para tal efecto: medio metro escaso de profundidad y poco más de largo, lo justo para demostrar a los presentes que se trata solo de un decorado. Aunque la foto saliendo del hogar no se la saltó ni uno solo de los presentes.

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Esta casa, al ser para la foto, tenía el tamaño acorde a la estatura humana. Al resto, quítadle algunas cuartas. Se supone que los hobbit medían entre 60 y 120 cm.

Pero el cine es ilusión y qué no haría un director para crearla.

En este magnífico paraje, un árbol, por su tamaño y ubicación en lo más elevado del terreno, luce majestuoso. Llegas a él, lo contemplas bien de cerca y ni aún así terminas de creer que sea artificial. El director hizo traer unas tres mil hojas de China que fueron adheridas a las ramas UNA POR UNA.

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No contento aún con el resultado, el tono le parecía algo triste, el día antes del rodaje las hizo pintar de un color más vivo. En fin, una de esas cosas que en pantalla quedan genial, aunque nadie se haya apercibido del arbolito hasta que se lo cuentan. Pero sobre todo, una de esas cosas por las cuales tus empleados se acuerdan de tí de por vida.

Contemplas de nuevo todo el conjunto y te parece increíble que toda esa parafernalia la montaran tan sólo para diecisiete minutos de aparición en pantalla en una primera película y dos en una segunda. Y lo que es más, que desmontaran tras la filmación todo y que tiempo después, ante el éxito de la película, decidieran volver a montarlo para explotarlo turísticamente. Desde luego, hay gente con vista comercial.

 

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Finalmente llegamos al lago, donde por fin encontramos algo real, los patos.

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En su orilla,  otra cosa real que, como no podía ser de otra manera, a falta de tienda, que ya estaba junto a las taquillas, se trataba de una taberna. Esta vez de tamaño adecuado para todos los visitantes no hobbitanos, o como quiera que venga a ser su patronímico.

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Pero con el encanto de sus formas redondas por doquier.

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Vista exterior de un ala, con su puerta y ventanas… redondas
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El mismo lugar, pero desde dentro. ¡Yo quiero una terraza igual!

 

Los neozelandeses nos hacen la competencia. En la taberna podías elegir entre múltiples tipos de rubias y negras. Por si alguien tiene algo raro en mente, me refiero a cervezas, claro está.  Invitación de la casa, todo un detalle, aunque por el precio de la entrada, ya pueden tener el detalle, ya.

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Nuestra guía ofreciéndonos las cervezas, curiosamente aquí se usa más la jarra de grueso barro que la copa de cristal

A la alegre visita, que lo fue, sin duda alguna, se une la alegría proporcionada por el líquido elemento, aunque cierto es que no tiene ni muchísimo menos el alcohol de nuestras cervezas.

¿Previsto también por el director para asegurar la satisfacción de la visita? Pues… con total seguridad.

 

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