Visitar un orfanato en Indonesia, una experiencia para reflexionar.

Vivimos en una sociedad tan competitiva que, a menudo, no tenemos tiempo de mirar en derredor. Sí, vemos por la televisión la pobreza o las penurias temporales de distintas sociedades pero, salvo unos pocos,  nos limitamos a opinar y compadecer desde nuestro sillón.

Vivir en Indonesia, donde mis obligaciones diarias son mucho más relajadas que en España, me ha permitido tomar un tiempo para mirar a los lados y apreciar lo generosa que ha sido la vida conmigo. Ojo, no quiero decir con esto que todo hayan sido parabienes o que el maná me haya caído del cielo, ni muchísimo menos. Cada paso ha costado su esfuerzo pero, empezando desde cero he tenido la oportunidad de ir creciendo, cosa que muchas personas tienen vetado, por salud, condicionantes políticos u otros motivos.

No sólo he querido conocer de este país sus costumbres o sus paisajes, también su realidad diaria. Así que, cuando me han invitado a visitar zonas poco favorecidas no lo he dudado.

Publiqué hace un tiempo un artículo sobre la visita de “Santa Claus” a un orfanato-asilo. Fue nuestra segunda experiencia de este estilo, organizado por  un grupo de jóvenes azafatos-as. El centro era cristiano, pero como ya os comenté, estos chicos en Navidad se acercan a centros cristianos y en Ramadan a centros musulmanes, pluralidad que yo aprecio.

La visita que hoy os relato, organizada por las mismas personas, fue la primera y me hizo reflexionar muchísimo.

Para comenzar, me asombró saber que aquí, un orfanato realmente no es tal como nosotros lo concebimos, porque no sólo son acogidos niños sin padres, sino también niños de familias sin recursos o de padres que han de marcharse de la ciudad por razones de trabajo.

Que luego regresen o no a por ellos ya es otro cantar ya que, a menudo, a pesar de trabajar, les cuesta reunir suficiente dinero para una vida medianamente holgada puesto que han de mantener no sólo a sus hijos sino al resto de familiares que lo necesiten.

Tampoco es que se trate de una institución pública o privada con unas licencias de apertura y unos estatutos. Cualquier persona, en cualquier casa, puede realizar esta tarea. Obviamente tampoco hay controles, de ningún tipo, ni sanitarios ni por parte de asistentes sociales de la administración.

¿Que si puede haber abusos? Por supuesto, de hecho, en algunos lugares les obligan a mendigar. Pero esto en Occidente a veces también ocurre, a pesar de todos los controles. Sin embargo, en otras muchas ocasiones, los niños al menos tienen un techo donde cobijarse, un plato de arroz que llevarse a la boca y una educación básica.

El lugar que visitamos desde luego dejaba bastante que desear. El barrio era muy modesto, las casas de tipo tradicional, una sola estancia de rudos listones de madera y/o fibras vegetales, unas en tierra firme y otras en un riachuelo más bien estancado, sobre pilares.

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La casa de acogida es la del fondo a la izquierda, por contra, de ladrillo y cemento

Por único mobiliario alfombras, que hacen las veces de mesas, sillas y camas. No necesitan más, así que adornos, mucho menos. Las paredes están bastamente enlucidas y ocupadas tan sólo por varios cuadrantes y hojas con el alfabeto, a lo que hay que añadir un par de ventiladores que nadie, excepto los extranjeros, parece necesitar.

Dudamos que dispongan dentro de cocina y baño. Como ya hemos comentado alguna vez,  estas estancias suelen ubicarse fuera de las casas, al aire libre. La cocina por motivos obvios, el riesgo de incendio. Más aún, no suelen consistir más que un pequeño trozo de suelo junto a algunos trozos de madera para hacer la lumbre.

El baño suele ser un simple agujero en la tierra rodeado de una valla de no más de un metro de altura. Con suerte, podría  tratarse de una casetilla de madera, la mayor de las veces sin puerta.

Al llamamiento de los organizadores, acudimos algunos compañeros expats. Nos encontramos a todos los niños y a sus cuidadores-as, que tal vez fueran antiguos niños acogidos, sentados en el suelo, alineados en una pared. Inmóviles y en absoluto silencio.

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Por muy educados que estuviesen, para nosotros no resulta muy natural tal hieratismo en niños tan pequeños. Casi ni parpadeaban. Tal vez les inculquen una disciplina excesivamente férrea… Pero su aspecto es cuidado, correctamente vestidos, aseados y sin signos de malnutrición.

 

A los que vamos llegando nos colocan en la pared opuesta. Cohibidos por la rigidez, tampoco nos movemos ni abrimos la boca más que para susurrar. No es una situación muy cómoda, parece más bien que fuésemos rivales midiéndonos el pulso antes de atacar. Resulta muy violento.

Finalmente comenzamos. Las azafatas comentaron en qué consistía su trabajo y, sobre un gigantesco poster del mundo que habían llevado, cada invitado iba colocando una nota adhesiva con su nombre y país de origen.  Los organizadores, en un intento de romper el hielo, jaleaban a cada uno, pero los niños continuaban con rostros impasibles, excepto algunos, cuyas ojos mostraban más susto que cualquier otra emoción.

 

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Quizá no era para menos. Nuestro color de piel, de ojos, de pelo, nuestra vestimenta… todo les era nuevo. Y, además, como comprobaréis en la siguiente imagen, frente a tan sólo treinta niños, éramos todo un batallón.

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Tan sólo hubo cierta reacción de asombro cuando llegó mi turno porque, a pesar de llevar muy pocas semanas allá, fui la única en aventurarme a pronunciar algunas sencillas frases en indonesio.

Una vez que los más mayorcitos comentaron, con mucha timidez, qué querían ser de mayores, allí mismo rezaron unos minutos como fin del ayuno y se comenzaron a repartir cajas de comida preparada. El ambiente por fin comenzó a distendirse, comer es, en este país, la actividad social por excelencia. No importa el lugar o la hora, siempre hay comida disponible para quien llegue.

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Comiendo al estilo local, en el suelo, ni un sólo centímetro libre en la sala

Las risas abiertas llegaron finalmente cuando  empezamos a repartir Chupa chups. Sí, qué casualidad que fueran precisamente Chupa chups, marca española (aunque ahora pertenezca a una empresa italiana).

Finalmente se hizo entrega de un cheque por el valor de lo recaudado así como de regalos. Llamó mi atención no ver entre ellos ni un solo juguete. En su lugar había principalmente  colchones y sacos enormes de arroz.

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Gesto de agradecimiento al estilo indonesio
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¿Iría en alguna de las cajas algún juguetillo? Porque por fuera desde luego, no se ve ninguno

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Regresamos a casa con contradictorias sensaciones. No sabíamos si alegrarnos por haber aportado un granito de arena o entristecernos por su cruda realidad. ¿Deberíamos colaborar de una manera distinta, día a día? No siempre son bien acogidas las ayudas extranjeras… ¿Apadrinas a uno…? ¿Cómo elegir sólo a uno? ¿Te lías la manta a la cabeza y te llevas a todos a tu hogar?…

Por otra parte, quisimos transmitir la idea de que ellos también cumplirían sus sueños y llegarían a policías, maestros, médicos… y podrían viajar a países lejanos como nosotros, pero… ¿les habríamos impactado tanto que lucharían con ahínco para lograrlo? ¿O se sentirían en el futuro desgraciados si no lograban conseguirlo?¿Les importaría realmente algo más que no fuera sobrevivir o volver con sus padres?

… Un mar de dudas a las que se sumaron otras consideraciones:

¡Qué mal acostumbrada está nuestra sociedad occidental! ¡Qué poco distinguimos lo esencial de lo superfluo! ¡Qué poco disfrutamos de las pequeñas grandes cosas! ¡Qué poco apreciamos lo que tenemos!

 

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