Para unos significaron vivir, para otros morir. Los túneles de Cu Chi, esperanza y pesadilla.

¿Quién  ha visto  reportaje o película sobre Vietnam en la que no aparezca esa imagen de un solitario campo en el que de repente,  de minúsculos agujeros ocultos, emergen cabezas y brazos armados?

Yo era muy joven cuando lo ví por primera vez y quedé impresionada por la astucia. Pensé que se trataba de simples hoyos en los que se introducían los guerrilleros para luego aparecer por sorpresa. Más tarde me enteré de que formaban parte de una inmensa red de túneles.

Ahora he tenido la oportunidad de visitar la zona vietnamita donde se hallan, muy cerquita de la ciudad de Ho Chi Minh, una de las más atacadas tanto durante la ocupación francesa como durante la guerra de Vietnam aunque, los de mi generación tal vez prefiramos llamarla por su antiguo nombre, Saigón.

Sentía verdadera curiosidad por ver los túneles in situ y he de decir que mi asombro fue mucho mayor de lo esperado al descubrir todo lo que conforma el área de Cu Chi.

Para comenzar, hay más de doscientos kilómetros de túneles, que se dice muy pronto. Y no sólo servían para esconderse o trasladarse de unos pueblos a otros sino que en ellos llegaron a vivir unas diez mil personas, lo que me parece alucinante.

Están excavados en tres niveles, a distintas profundidades y, al igual que cualquier construcción emblemática, a mí me parece toda una obra de ingeniería.

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Maqueta mostrando la forma de los túneles

Por supuesto, para  mejor defensa están construidos en zigzag, con ingeniosos sistemas de ventilación, recogida de agua y evacuación de humos, porque obviamente allá abajo también se cocinaba diariamente.

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En el centro de la imagen, grisáceos, apenas se ven los agujeros por los que salen los humos. Si añadiésemos alrededor la vegetación eliminada para facilitar el paso, pasarían totalmente desapercibidos
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Nuestro guía explicando que, con unas ramitas más, este agujero de ventilación ni se vería.

Y sí, pudimos entrar en uno de ellos. Todos sabemos que los asiáticos en general son mucho más menudos que los occidentales, así que hubieron de ampliar tanto la boca de entrada como el ancho del pasillo para acoplarlo a las tallas de los visitantes.

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Este es un túnel agrandado, imaginaos cómo sería antes

Aún así había gente que se sentía angustiada por ir medio en cuchillas, por la estrechez, la oscuridad y el olor a humedad.

También pudimos ser los protagonistas de esa “salida sorpresa” tan famosa. El problemilla era luego salir de allí por nosotros mismos.

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Imaginas esos túneles zigzagueantes antes de que los ampliaran y entiendes perfectamente que los enemigos no pudieran adentrarse en ellos, máxime cargados con todo el equipo.

De ahí que surgieran las “ratas de túnel”, soldados de menor estatura, supuestamente voluntarios, que se introducían en los mismos a modo de exploradores. ¡Ya debían tener redaños y agallas! porque salir de allí… entre las trampas, los gases y los diversos bichos, unos que habitaban por el subsuelo (hormigas, ratas…) y otros que eran introducidos a propósito (serpientes, escorpiones…) incluso los cadáveres en descomposición que debían sortear, igualmente colocados a propósito…, tenía su dificultad.

Pero, echemos un vistazo también al exterior. Accedimos a la zona a través de un largo pasillo perteneciente a un bunker. Nos adentramos en plena vegetación, aunque actualmente hay franjas despejadas para facilitar la visita de los turistas que, creedme, acuden en masa.

Creo que es la “atracción” número uno del país, al menos en cuanto a recaudación, y no me extraña.  Afortunadamente hicimos caso de quienes aconsejaban ir temprano para evitar la muchedumbre. Esta nos alcanzó muy poquito después.

Hay varios pabellones, a un nivel inferior al suelo, cubiertos por techumbres de fibras vegetales a modo de camuflaje.

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En uno proyectan un documental sobre la guerra y los otros recrean la vida dentro de los túneles. Mediante maniquíes, intuimos las diversas funcionalidades. Unos se usaban como escuelas, otros como hospital, otros como talleres, cocinas, almacenes, polvorines…

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Si habéis observado bien, ni en momentos de trabajo ni en los de descanso, las armas quedaban atrás

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En este caso no es un maniquí sino una demostración culinaria en toda regla. Increíble lo fácil que parece hacer la pasta tan super fina, que luego ponen a secar al sol.

A continuación, y esto impacta tanto o más que los túneles, nos muestran el funcionamiento de una serie de trampas utilizadas habitualmente por los Viet Cong. Se ven en las pelis, es cierto, pero no tiene nada que ver contemplarlas al natural. Produce escalofríos pensar en el resultado. No me extraña, en absoluto, que los combatientes enemigos tuvieran pesadillas de por vida.

En una primera trampa, el suelo parece normal, sobre todo si pensamos que entonces no sería césped artificial sino multitud de hojarasca. Pero, al pisar, cede una plataforma y se cae en unos terribles pinchos bien metálicos, bien de bambú muy afilado, que no sé yo qué es peor.

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En esta otra, al pisar en el centro te hundes y se cierran sobre tí los pinchos.

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Aquí, al resbalar hacia abajo, los rodillos repletos de pinchos giran a toda velocidad.

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En la siguiente,  al pisar, los pinchos retraídos te cazan el pie cual cepo.

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En este artefacto se pueden observar bien las estacas de bambú afiladas.

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Y ¡dónde dejamos a la última!, la llamada trampa de puerta. Al entrar, cae con fuerza desde arriba el soporte lleno de clavos.

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Afortunadamente, el guardia no pidió voluntarios para ninguna demostración. Se conformó con introducir cada vez una varita.

A lo escalofriante de estos clavos o, como allí se denominan, estacas punji, hay que sumar un elemento más, y es que, a menudo las untaban con excrementos, lo que propiciaba la rápida aparición de gangrena.

Como triste ironía para las víctimas, el metal utilizado en las trampas era reciclado, procedente de los múltiples bombardeos aéreos que sufrían.

Una vez repuestos de la impresión nos dirigen hacia una exhibición de armamento vario utilizado por ambos bandos y, después a lo que es más curioso, una trinchera, convenientemente vallada, en la que han colocado entre otras armas, varias ametralladoras M-16, las utilizadas en la contienda por los americanos y AK-47, las utilizadas por el Viet Cong. Previo pago te dejan dispararlas. Están ancladas, eso sí, y además bajo la supervisión de un guardia.

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Si no me equivoco, esta es una M-60. Si no, ya me corregiréis los expertos.

Suponemos que en otros tiempos funcionarían mejor, porque desde luego lo que es ahora, fallan más que disparan. Pero bueno, aun así, los que las probaron disfrutaron como niños.

Finalizamos el recorrido, obligatoriamente guiado, con el detalle del agasajo con un tentempié de comida local.

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Ingenioso grifo que nos da idea de cómo podían reconducir el agua

Intentamos caminar un poco por libre pero, tras divisar algunos socavones producidos por los bombardeos, nos damos cuenta de que, efectivamente, entramos en una jungla.

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Sin duda sería excitante adentrarse en ella, pero con toda probabilidad luego no sabríamos salir. De hecho, si no es por uno de los guardias, que ahora entiendo por qué, había casi tantos como turistas, creo que aún estaríamos dando vueltas por allí.

Ha sido una visita realmente interesante que me ha hecho indagar un poquito en una historia relativamente reciente de la que unos quieren hablar mucho y otros, poco-nada.

Yo no voy a entrar en opiniones. Cualquier guerra debería estar estrictamente prohibida. Pero, a pesar de los pesares, lo que sí hago después de visitar Cu Chi es, reconocer el coraje de todos los que intervinieron, ya fueran de un bando o del otro.

Marchamos ya de vuelta. ¿Sofocamos la sed con una copita de licor vietnamita de las que venden fuera?

Mejor no, por mucho que la etiqueta diga que sirve para el reumatismo, la lumbalgia y el sudor de las extremidades, compartir botella con serpientes y Dios sabe qué más no es lo mío. Aunque sí debe serlo de los asiáticos en general, porque ya vimos en otro post que en Laos fabricaban un whisky con los mismos tropezones.

Prefiero dejar ya las emociones a un lado por hoy. Pero, ¿no os pasa a veces que cuanto más cansados estáis más tarde se os hace para acostar? Pues algo así nos pasó con las emociones del día. No quieres más, pues toma el doble.

Le pedimos al chófer que, para hacer tiempo mientras era la hora de comer nos llevase a visitar un criadero de gusanos de seda. Y él, no sé si porque su inglés era sólo de signos o por hacer el dos en uno, nos llevó al restaurante directamente, a un… ¡criadero de insectos!

¡Mare del amor hermoso! Pues ya os enseñaré el menú, ya, en un próximo post, que ahora estoy recién comida.

 

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