Isla rica en especias,  fue ambicionada por las potencias de otras épocas. España jugó un papel importante en su historia y ellos en la nuestra. He aquí Tidore.

¡Historias remotas! No hace mucho, hablando de Ternate, evocábamos someramente algunas. Historias en las que Holanda, Portugal y España se disputaban la hegemonía de la zona indonesia de Las Molucas.

Pero no podemos finalizar nuestro viaje  al pasado sin cruzar a la vecina Tidore, de características muy similares, pero con algo concreto que los amantes de la historia no pueden dejar pasar, su estrecha relación con España, hoy día casi olvidada.

Recordaréis, de aquellas clases de historia que ya no se dan, a Magallanes, Gómez de Espinosa y Juan Sebastian Elcano.  Ellos, en 1519, en sendas naves, dieron comienzo a una gran aventura.

Se avituallaron en Sevilla, para salir hacia Sanlúcar de Barrameda y de ahí a los océanos, desde el punto exacto del barrio de Los Remedios por el que tantas veces, como el resto de mis conciudadanos, pasé sin percatarme del tímido cartel que lo rememora.

La aventura de llegar a las Indias Orientales, a las islas de las especias, navegando siempre por Occidente, por mares castellanos, para no incumplir el Tratado de Tordesillas por el que españoles y portugueses se comprometían a no interferir en sus respectivas rutas de navegación.

De llegar, podrían además demostrar que las islas de las especias correspondían a España y no a los portugueses quienes ostentaban el control.

Pues bien, llegaron, dos años después, aunque no Magallanes, que pereció en una batalla en Filipinas un par de meses antes, ni su nave, la Concepción.

Tidore Indonesia vista 5

Cuatrocientos noventa y cinco años después, nosotros decidimos poner rumbo a los mismos lugares que aquellos atrevidos hombres. Nos emociona ver cuasi los mismos montes, vegetación y aguas, porque no parece que desde entonces haya cambiado mucho el paisaje.

Entre lo nuevo que podamos encontrar, la carretera, y digo “la” con total propiedad, porque sólo hay una. Circunvala la isla y au.

Tidore Indonesia vista
Aún más espectacular que el paisaje fue la subida para llegar. La más alta y empinada calzada por la ladera de montaña que podáis imaginar.

 

Tidore Indonesia árboles en agua
No se trata de una inundación, éste es el habitat de ciertas especies arbóreas indonesias

En Tidore, donde otra de las naves, la Trinidad, hubo de quedarse por averías, nos reciben bosques y más bosques en los que la nuez moscada y sobre todo el clavo, siguen teniendo un gran protagonismo.

Tidore Indonesia bosque especias

 

 

Tidore ya no es esa potencia deseada siglos atrás, ahora está empobrecida, pero su población sigue dedicada en gran parte a su producción.

Tidore Indonesia especias clavo 3

El clavo es dispuesto para secar a ambos lados de cualquier calzada, sobre el suelo, creando una línea casi continua de vistoso colorido. No importa si ocupa la mitad de la calzada, ya se ocuparán los coches de sortearlas.

Tidore Indonesia especias clavo 2
El colorido lo aportan las diferentes niveles de secado

 Y si la calzada es estrecha,  no creáis que no hay sitio para ambas cosas, se coloca el clavo en el centro de la vía, justo extendido en una anchura algo inferior a la de los autómoviles, éstos pasan por encima y asunto solucionado.

clavo en Tidore

Del fuerte de Cobhe, donde se aposentaron nuestros antecesores, sólo queda un minúsculo recuadro bordeado por una tímida tapia blanca, aún así, nuestros corazones se sienten henchidos al pisar el mismo suelo e imaginar la nao en sus azules aguas.

Igual debieron sentirse los expedicionarios de la nave Juan Sebastian Elcano en 1993, cuya visita y muestra de respeto quedaron plasmados en una lápida conmemorativa de mármol, único ornato del lugar.

Tidore Indonesia placa conmemorativa vuelta al mundo

Y es que, no es para menos, porque aunque la nave Trinidad no llegara a salir nunca de allí, la Victoria, capitaneada por Elcano, una vez cargada de especias, emprendió el regreso a casa.

No lograron de ésta hacerse con las posiciones portuguesas, aunque imagino que los lusitanos hubieron de reconocer la innegable proeza española del retorno, no sólo por saltarse a la torera el Tratado de Tordesillas, siguiendo la navegación por el oeste, por aguas portuguesas, sino por conseguir la primera circunvalación al mundo.

Misión difícil, la hicieron posible. Aun bastante maltrechos, una sola nave en vez de tres, y unos 18 hombres en lugar de los más de doscientos que partieron, tres años después de levantar velas, lo consiguieron.

Tidore placa conmemorativa

Pero para ver un fuerte más entero, aunque no porque siga en pie sino porque ha sido reconstruído parcialmente, hemos de dirigirnos a Benteng Tore (Fuerte Torre).

Construído por los españoles para defenderse de los holandeses, al tiempo que dominaba la capital, Soasio, sus fantásticas vistas seguro que no servirían de sosiego como ahora, sino para controlar el tráfico de las vecinas islas y del palacete del sultán, del que hoy día sólo se aprecia el tejado, bien celeste, y que, por cierto, después de la experiencia del de Ternate, decidimos no visitar.

Fort Tore Tidore Indonesia vista 2

El sitio desde luego estaba bien elegido. Y el enemigo tenía crudo acceder a él. Y si no, fijaros en la subidita, que en aquellos tiempos sería distinta, pero igual de alta.

Fort Tore Tidore Indonesia subida 2

Una vez arriba, nos quedamos boquiabiertos, y no sólo por la falta respiración tras el ascenso, que también. Una erupción dos siglos atrás dejó un impactante paisaje de piedra volcánica  que hoy ha sido adecuado como un bonito jardín.

Fort Tore Tidore Indonesia vista 3
Bello y escalofriante al mismo tiempo

Fort Tore Tidore Indonesia vista 4

Tras el mismo, una agradable reconstrucción de un sector de la fortaleza.

Fort Tore Indonesia subida

A falta de la visita a la casa del sultán, esta vez la experiencia anecdótica fue en un restaurante: Una hilera tremenda de mesas vacías llenaba la orilla de la playa. Ya que éramos los únicos clientes, nos sentamos en la que mejor nos pareció.

Media hora después, cuando aún estábamos esperando al menos las bebidas, aparecen unos policías que nos miran con bastante desagrado. Al cabo de unos minutos, el camarero nos pide que nos cambiemos de mesa. No entendemos la razón, pero qué más da, hay al menos una docena.

Ante nuestro estupor, los policías, con sonrisa placentera, ocupan la nuestra. ¿Qué haces? ¿Protestas? Mejor fingimos que se la hemos cedido gustosamente.

Tomamos el ferry de regreso a Ternate. Emociona ver alejarse poco a poco aquella montaña enorme a cuyos pies resalta la valla blanca. La misma montaña que allá por el 1663, abandonaban definitivamente nuestros compatriotas ante el fuerte empuje holandés.

Tidore Indonesia vista 3

Retornan nada menos que ciento cuarenta y dos años después de la llegada de nuestras primeras naves, porque así como el predominio en Ternate nos fue duro de conseguir, no hubo manera hasta 1606 (cuando mire usted por dónde, después de tantas disputas y reyertas, España y Portugal estaban ya bajo la misma corona), el sultán de Tidore nos acogió gustoso desde el principio, así seríamos sus aliados contra el sultán ternateño, su sempiterno rival.

Tan contento estaba que, si me informaron bien, rebautizó a la isla como Castilla, lo que dio lugar al patronímico que aún hoy es bastante común y del que, pudimos comprobar, se sienten tremendamente orgullosos.

Durante nuestro regreso, a pesar de la emotiva imagen del alejamiento, casi no hay tiempo para sensiblerías. Los tan sólo tres kilómetros y medio que separan ambas islas debieran hacerse cortos, pero no es así: el barco está casi vacío, pero un señor parece empeñado en colocarse frente a nuestro asiento, demasiado cercano como suele ocurrir en los transportes públicos.

Es albino aunque su piel presenta enormes parches, unos inmaculadamente níveos, otros de tostadísimo tono, problema dermatológico que ya nos había llamado la atención en otros habitantes de la zona y que probablemente tenga algo que ver con la mescolanza racial que debió imperar en otros tiempos.

Cabello blanco, ojos super cristalinos, piel a parches, elevadísima estatura… El aspecto acongoja un poco y su actitud también: todo el trayecto girado hacia nosotros, mirándonos sin ninguna discreción ni pudor, sin un solo pestañeo ni el más leve movimiento muscular.

No, decididamente no me he sentido muy cómoda en esta escapada a Ternate y Tidore. ¿Qué ocurría con este señor? Quién sabe, quiero creer que igual tan sólo se sentía más cercano a nosotros que a los suyos. ¿Qué pretendían los policías? Mejor ni pensarlo. ¿Qué mascullaban los empleados de la casa del sultán de Ternate en las dos ocasiones que, sin muchas explicaciones, no nos permiten la entrada? Vaya usted a saber.

¿Qué pretendía el señor que nos persiguió tan enojado por Fort Orange? Gracias a Dios no lo llegamos a saber. ¿Por qué no permitió el dueño del hotel que su amigo el pianista cenara en nuestra mesa como nos hubiera gustado a él y a nosotros? Misterio por resolver….  Y todos, con esa mirada penetrante y esa expresión más que adusta, de las que te congelan en el acto.

Excepción hecha a la camaradería que encontramos en el ferry de salida de Ternate relatada en el post sobre la erupción del volcán Gamalama, estoy acostumbrada a una Indonesia cordial y sonriente muy distinta a la que he encontrado aquí.

Pero al menos, he podido transportar mi imaginación quinientos años atrás, introducirme mentalmente en la historia, como me gusta cuando visito un monumento o paseo por determinados lugares.

Nuevamente… historias que se mezclan con la historia.

 

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