¿A quién no le suena el nombre de Bali? Se ha escrito tanto sobre Bali que el turista asocia directamente Indonesia con esa única isla obviando las otras 17.000, aproximadamente, del archipiélago.

Del todo injusto, y es por eso que, hasta ahora, casi no la he ni mencionado. Pero, he de rendirme, igualmente injusto sería que la negase yo. Sus verdes parajes, sus playas, sus creencias, sus templos, sus antiguas tradiciones, sus danzas y música, sus pinturas y tallas, su gente… No hacen falta calificativos, baste decir … BALI.

De momento no la he llegado a conocer tanto como hubiese deseado, me falta aún mucho por recorrer y preguntar. Aun así, necesitaremos más de un post para hablar sobre esta mágica isla porque, ya sabéis que no suelo limitar mis escritos a una foto con el titular de “aquí he estado yo”. Si quieres realmente conocer la isla y a sus lugareños, no tienes más remedio que hurgar un poco más allá.

Bali, para mí, se concreta en una popular expresión: “una de cal y una de arena”. Pero, juzgad por vosotros mismos. Comencemos nuestro recorrido.

Nada más llegar al aeropuerto nos damos cuenta de que nuestro nuevo destino es especial. Luz y color irradian cada rincón.

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¿Véis? Esta imagen de avidcruiser.com nos muestra que se sale de los típicos aeropuertos

Por no decir del colosal monumento que nos da la bienvenida unos metros más adelante.

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De tamaño colosal. Ni siquiera me cupo todo el conjunto en la toma desde el coche

En nuestro primer viaje nos alojamos en Kuta, en el sur, zona muy cercana al aeropuerto, ya que según leímos era la más turística. Y lo es, efectivamente, pero el primer pensamiento es ¿dónde me encuentro exactamente, en Bali, en Torremolinos, en Benidorm, en…?

La única diferencia estriba en que los turistas, en vez de alemanes o ingleses, son australianos. Por lo demás, hileras de ruidosos bares y tiendas de souvenirs con objetos que sólo se diferencian de los de nuestras tiendas en el nombre impreso del lugar.

Me pregunto una y mil veces qué fue antes, si el huevo o la gallina, porque ropa, lámparas, budas de piedra, lagartijas de metal, telas y un largo etcétera son exacta, exactamente igual, a lo que veo en Ibiza desde hace años. Aunque sólo sea por el detalle de los budas, yo diría que fuimos nosotros quienes copiamos.

Mención aparte haré de algo que nunca antes ví y que me sacó una sonrisa:  ¡máquinas expendedoras de chanclas!

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Imagen de intisari.grid.id, ya que a pesar de mi asombro, no se me ocurrió hacerle foto

 

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Por si no fuera suficientemente curioso el expendedor, 2limones1euro.wordpress.com nos muestra en detalle el probador de chanclas que, si os fijásteis bien en la imagen anterior, suele acompañar a la máquina.

Pero, no nos dejemos engañar por esta primera impresión. Vamos a disfrutar de esa kilométrica playa de clara arena que los surfistas tanto aprecian, con sus palmeras en la arena, aunque para ello tengamos que hacer ojos ciegos a la margen, rebosante de cafés y hoteles.

Tengo que reconocer que alguno merece una miradita, como es el caso del Hard Rock. Hasta entonces yo creía que esta cadena era sólo de restaurantes, pero no, también tiene hoteles, ahora los encuentro por todas partes. Los amantes de la música atronadora pueden disfrutar de una enorme sala de conciertos, pero lo realmente espectacular son sus piscinas, que forman, parece ser, el conjunto más grande de Asia, con zona de toboganes, parque infantil sobre el agua… y el detalle añadido de arena de playa en el fondo.

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Música… o al menos sonido. En vivo, eso sí.

Aún pretencioso, yo prefiero cualquiera de los otros muchos hoteles cuyas habitaciones son cabañas al estilo indonesio y sus piscinas imitan tranquilos lagos rodeados de vegetación. Las maderas de suelos y paredes, la calidez de los tejidos que envuelven cama y sillones, la delicadeza de los adornos florales de sus fuentes… invitan a la relajación, todo un placer para los sentidos.

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Acceso a una de las dependencias de nuestro hotel de Sanur

Pero más aún que a la margen, he de cerrar los ojos a la misma arena. Es  víspera de Nochevieja y nos topamos con un enorme árbol de Navidad, levantado con latas de cerveza. Es original y simpático, pero cuando te topas con otro y otro y otro, de no sé cuántas firmas alcohólicas, deja de ser divertido. Da la sensación de pasear por un nuevo país, Borrachilandia. Y no te cruzas medio mundo para eso. Al menos yo.

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Uno de los múltiples árboles de Navidad realizados con latas de cerveza. Este en concreto muestra abajo orgullosamente el cartel de record guiness por el número de envases. Como estrella, en la cima, un disco con el nombre del patrocinador, San Miguel, mire usted por dónde.

Dejamos atrás esta zona creada sin demasiado gusto para un tipo de turismo muy concreto y nos adentramos por algunas estrechas callejas de donde conseguimos salir no sin cierta dificultad, atestadas como estaban de más baretos, pequeños moteles para mochileros e infinidad de motos bloqueadas caóticamente.

Por fortuna, finalmente llegamos a otra zona donde  ya nos cambia el ánimo. Los cafés poseen un aire rústico y romántico,

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Y los tenderetes callejeros se cuentan por cientos, miles tal vez, con una artesanía que, ahora sí, es lugareña, destacando por su calidad y belleza las tallas de madera, maravillosas, la joyería, espléndida, y los cuadros de escenas o paisajes locales con la técnica de empastes, atrayente tanto por su simplicidad como por su colorido.

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Todo ello salpicado por antiguos templos para mí distintos, llenos de exotismo y misterio, con sus innumerables tallas en piedra gris conjugadas con paredes de vibrante color salmón. A casi ninguno puedes acceder, pero no importa, sabemos que hay muchos, muchos más a los que sí podremos, por algo es llamada la Isla de los Dioses.

Y es que 10.000 templos, puñado arriba o abajo, son muuuuchos templos para una isla cuya superficie ronda tan sólo los 6.000 km cuadrados (comparémoslo con los, más o menos, 506.000 de España). Y sí, ya supondréis, 10.000 templos y unas creencias que mezclan hinduismo, budismo, animismo y credos populares, merecen sí o sí, un post en solitario.

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Pero este agradable paseo se vio truncado por la súbita aparición del monumento a las más de 200 víctimas y otros muchos heridos del ataque terrorista del año 2002. Se te hace un nudo al pensar que, no hace tanto, en aquel exacto lugar y a gente como nosotros, que llegaron felices para disfrutar de unas vacaciones, les asestara el destino un final tan repentino y cruel.

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Seguro que este acto terrible quedará grabado para siempre en la mente de los balineses pero la vida continúa, y lo que te llamará la atención de la población será, como en el resto de Indonesia, la sonrisa y la amabilidad.

A esto tendremos que añadir el atractivo de muchas de sus mujeres, resaltado por sus sencillos y elegantes atuendos tradicionales, sarongs de tejidos artesanales y  chaquetas o blusas entalladas con bordados y manga francesa.

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Esta pintura del hotel me tiene enamorada

Pero ¿qué hay detrás de esa sonrisa? Pues tal vez serenidad, el sentirse felices con lo que poseen, con lo que son, con sus creencias, el sentirse parte de una colectividad que siempre les envolverá.

Y es que, la familia sigue siendo un núcleo muy importante, que crece con los nuevos matrimonios, al contrario que en la mayoría de las sociedades occidentales. Y, al mismo tiempo, las familias se integran dentro de comunidades donde la armonía y las actividades compartidas son fundamentales.

Merece la pena detenerse a comentar las peculiaridades de las casas tradicionales y aldeas. Según pude comprobar, se sienten realmente orgullosos de ellas. Y, a mí desde luego me dejaron alucinada. Pero mejor hacerlo sin prisas, en un próximo post titulado “Bali, curiosidades de sus casas y aldeas”.

Aunque no sólo las curiosidades arquitectónicas me van a alucinar en esta caja de sorpresas que es Bali.

Ya que los taxistas de todo el mundo, sobre todo en zonas turísticas, son algo pícaros, y llegar con ellos a un acuerdo se hace cansino, cuando no imposible (y que me perdonen los honestos, que también los hay), decidimos contratar un coche con conductor-guía que, por unos 45 euros al día, te lleva por donde quieras.

No, no es barato, al menos no nos lo parece a los que vivimos por Indonesia, y es que a todo lo bueno se acostumbra uno pronto, y en cualquier otra isla te saldría por unos 35. Pero en fin, teniendo en cuenta que es el mismo precio tanto si va una persona como siete que son las plazas de la mayoría de los coches, tampoco es para quejarse, y más si te explican en tu idioma.

Con el guía descubrimos la zona de Sanur, mucho más tranquila, con sus hoteles a pie de playa invitando al descanso, como es el caso del hotel de siguientes viajes, en cuyo jardín, en un gazebo mirando el mar, se encuentra la zona de masaje y, al ladito, un centro de yoga en un bonito edificio completamente de madera, con vaca, de carne y hueso, incluída, digo yo que sería por eso de la asociación  hinduismo-yoga-vacas sagradas.

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La zona de masaje
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Y a pocos metros, de frente, el mar

Y donde te topas también con una bonita casa museo, prácticamente en la misma arena, que perteneció a Adrien Jean le Mayer, uno de los primeros pintores extranjeros afincados en Bali. Llegó, se enamoró de la isla y de una isleña, a la sazón él con 52 años, ella con 15, y allí se quedó, en una morada de madera pintada de rojo y negro, que yo diría que mezcla el estilo chino con el indonesio con un encanto especial.

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Aunque no se aprecia del todo en la imagen,  la fachada de piedra no tiene un sólo hueco sin tallar.

 

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Ante un altar con las efigies de los primitivos dueños de la casa, un pequeño estanque de lotos y numerosos guardianes protectores

Como otros muchos artistas afincados desde los años 20 ó 30, y con más profusión a partir de los 50, Mayer sirvió de inspiración para el actual y distintivo arte indonesio y supuso el comienzo de una avalancha de aventureros  diversos y turistas. A nivel económico sin duda, compensará, pero a otros niveles… a veces lo pongo en tela de juicio.

También descubrimos Semiynac, tal vez la zona más selecta de la isla. Pero sin duda, y aunque aún me quede mucho por descubrir, yo me quedo para siempre con la localidad de Ubud, con esa mezcla tan suya, sabiendo aunar turismo y vida tradicional.

En ella descubrimos llamativos templos, espectáculos de teatro y danza,  cuyo colorido y música no te dejan indiferente.  Magníficas galerías de arte. Numerosos museos  de diferentes temáticas. Y, atención, uno dedicado en exclusiva a un artista de origen español, Antonio Blanco, aunque no parece que pisara mucho nuestro suelo.

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Imagen de google de una foto expuesta en el museo. La influencia de Dalí se deja sentir en su aspecto.

A pesar de todo ese magnífico conjunto, me reservo para mí lo más simple, si es que se pueden calificar así sus impresionantes arrozales. Porque, que conste, cuando digo impresionantes, es porque lo son, por algo han sido reconocidos como Patrimonio de la Humanidad.

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Pero presentaros ahora un poquito mejor todo esto sería alargarnos demasiado. Así que volvemos a quedar citados para saborear un jugo de coco o un batido de aguacate y pasear por Ubud, donde seguro seréis recibidos con un sincero “Selamat datang” (Bienvenidos).

Estamos en Nochevieja (aunque no cuando estéis leyendo este post) y habrá que ir preparando las uvas. Aunque en Indonesia no se tenga esa costumbre, nosotros somos tradicionales y previsores y traemos nuestras latitas de España, porque aquí, uvas, pocas, regulares y caras. Y… a las seis de la mañana locales, medianoche española, a través de internet nos colocamos en primera fila de la Puerta del Sol, faltaría más.

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Cena de Nochevieja, con un moreno “algo obrero” después de 4 días de turismo (sin playa)

Suenan ya los cuartos… ahora las campanadas….

¡Selamat Tahun Baru, Feliz Año Nuevo!

(O lo que reste en este momento de él)

 

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