Budas y whisky, respectivamente, relax para mente y cuerpo ¿o tal vez no?

Después del madrugón que nos hemos dado hoy para ver el Desfile del Amanecer de los Monjes, narrado en mi anterior post, decidimos que, ya que estamos en marcha, aprovecharemos bien el día.

Así que desayunamos algo caliente para entonarnos un poco y nos acercamos a la ribera del río para alquilar una barca que nos llevase a las cuevas de Pak Ou, tan sólo a unos 25 km de distancia pero que en tiempo de navegación se traducía en dos horas de ida y, afortunadamente, gracias a la ayuda de la corriente, sólo una de vuelta.

El viaje, con la barca sólo para nosotros, y el paisaje de montaña, con rústicas y no tan rústicas casitas y animales retozando, hubiera sido una preciosidad a no ser por lo desapacible del tiempo: frío, ligera llovizna y algo de viento.

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Después de media hora de hacerme la valiente, entré en la zona cubierta y me puse por encima dos mantas de Bob Esponja ya preparadas sobre los asientos. Se ve que no les cogía de nuevas, ni al patrón, ni a su señora, que iban juntos, es más, por todos los cacharros que se veían en la parte trasera, yo creo que vivían allí mismo.

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Casaza, casita y casa-barca. Nos podemos hacer idea de la estratificación social lugareña.

Llegados a destino, no puedes dejar de asombrarte de la altura de la montaña, unos trescientos metros, prácticamente en vertical, majestuosa. Aunque la cueva se ve a mucha menor altura, ¿a quién se le ocurriría plantar el santuario allá?

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No cabe la montaña entera desde nuestra distancia pero nos podemos hacer idea del tamaño comparándola con la barca. Sobre ella se aprecia el muro blanco de ascenso hacia las cuevas. Parece que estuviera en la base misma, pero lo cierto es que se llega arriba con la lengua fuera.

Bien, pues atravesamos una pasarela de bambú, que no teníamos muy claro si se caería a nuestro paso, y comenzamos el ascenso para llegar a un pequeño llano salpicado con numerosos budas y una oquedad no ya con numerosos budas sino con multitud, todos ellos ofrendas de creyentes. La visión era hechizante.

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Milagroso pero cierto: ni barca ni pasarela se hundían. Aunque esta última, a cada paso nuestro, lo intentaba.
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Primeros hallazgos de budas durante la subida
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“Algunos más” arriba
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“Otros cuantos más”. ¡Increíble!
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Bonita imagen del exterior desde la cueva

Pero no habíamos terminado el ascenso, aún quedaban muchos más peldaños y allá, a 60 metros de altura, llegamos por fin, reitero, con la lengua fuera, a la segunda cueva, muchíiisimo más grande y compleeetamente oscura.

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Continuamos la subida por aquí, acompañados por… budas.
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Imagen prestada por dreamstime.com de la entrada a la segunda cueva. Vende flores para ofrenda y, lista ella, ¡agua! que buena falta nos hace al llegar.
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Una vez traspasada la cancela, comienza la oscuridad

Afortunadamente, todo el mundo tiene móvil y pudimos alumbrar las aproximadamente 1500 estatuas de buda de su interior que, sumadas a las anteriores, ni siquiera ellos se ponen de acuerdo en cuántas son, pero casi con seguridad, más de 2500.

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En el camino de vuelta, los barqueros dan por hecho que paras en Ban Xang Hai, que los turistas llamamos directamente el poblado del whisky. ¿Pero qué pintará el whisky en Laos? -me preguntaba yo. ¿Algun bareto en plan americano para que el turista no añore las copas?

Nada más desembarcar y subir por otra escalera tan chula como la de Luang Prabang, sobre el verde de la montaña, echa para atrás el olor a destilería.

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Infinidad de recipientes de barro se alinean como parte del proceso artesanal del licor típico de la zona que no tardan en ofrecernos catar.

 

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Bajo los cartones y el chamizo del fondo, todo son cántaras llenas del líquido elemento, como éstas del primer plano. No creo que se asemeje mucho a la planta de Johnny Walker, pero quién sabe.

Aun sabiendo que es una falta de delicadeza y sintiéndolo mucho, porque no es mi estilo, categóricamente me negué a catarlo. Y a mi marido le prohibí poner sus labios sobre mi piel en los siguientes dos días, porque ¡qué es eso de alacranes, serpientes y vaya usted a saber qué otros bichos dentro de las botellas!

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Ya sé que en los restaurantes chinos de España también las hay, pero no suelen ofrecértelo muy a menudo

El resto del poblado eran tiendas sin fin de souvenirs, básicamente telas, aunque si no fuera por ese detalle, la verdad es que algunas calles, de tierra y con sus casitas de madera, tenían un cierto aire de película del Oeste.

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No obstante, su sello asiático no lo podía negar y por supuesto, el templo no podía faltar, y bien bonito.

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Ya hemos comentado en otros posts que los templos siempre van acompañados de otras dependencias

Nos hubiera gustado terminar el día en un centro de meditación y reposo del que habíamos oído hablar, así que tomamos uno de los tuc tuc locales. Y creo que nos tocó el más desvencijado ya que, a poco poquísimo terminamos empujando.

Dedujimos que era un centro estupendo, porque eso del reposo parece que se lo tomaban muy en serio. La hora del descanso que ponía el cartel estaba bien pasada y allí ni abrían ni aparecía un alma, por lo que hubimos de contentarnos con la relajación a través del nervio óptico, es decir, contemplando el edificio que, por otra parte, bien lo merecía.

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Una de los ventanales. Madera tallada y dorada
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Detalle de la parte superior de una de las cuatro torretas que circundaban el edificio
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Una de las puertas. Su contemplación detallada ya te relaja.

Vamos ya de retirada, cansados pero contentos, como decía la letra de unas antiguas sevillanas. Con imágenes tan relajantes como éstas:

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Antes de abandonar Luang Prabang nos queda una excursión pendiente, las cataratas Kuang Si y el criadero de elefantes, pero esa historia la dejamos para otro día. Después del madrugón, el frío del amanecer y el atardecer, el ejercicio de la subida y el olor a whisky…

¡Mi bolsa por una tumbona y un chocolatito caliente!

 

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