Una de las mejores cosas de los viajes es encontrar parajes en los que soñar, ya sea por su lujo, por su belleza, por la paz que transmite… Este último es el caso del restaurante Dyen Sabai. 

Los que me seguís habitualmente sabéis que no suelo mencionar nombres de establecimientos, ya sean hoteles, restaurantes o tiendas, y mucho menos hacerles propaganda. Sin embargo, se me vienen a la mente en este instante varios sitios que sí quiero mencionar, por motivos diversos. Hoy le toca al primero de ellos.

Laos es un país al que, como en toda Asia, llegas con un cierto recelo en cuanto a comidas se refiere, aunque bien pronto te das cuenta de que los sabores raros y el picante aquí no son habituales, lo cual es un graaaan alivio.

Ya en el primer post sobre el país, “Luang Prabang, ciudad Patrimonio de la Humanidad” os mostraba los puestos de frutas y la calle más concurrida de lo que podríamos llamar chiringuitos. Como recordaréis, guisos y parrilladas lucían exquisitos.

Pero en el último articulo prometí contar la experiencia gastronómica del segundo día de estancia en la ciudad. Así que, he aquí: Como es habitual en nuestros viajes, a mediodía, para no perder mucho tiempo de “turisteo”, decidimos picar algo rápido sobre la marcha.

De un puestecillo callejero provenía un aroma delicioso y, al acercarnos, lo primero que vimos fue esto: (Atención, si eres escrupuloso-a salta la próxima foto y los dos párrafos siguientes).

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Sí, es lo que parece, patas de pollo, y no es para los chuchos

Entre gestos de risa y de repulsión, señalamos otros pinchos con mucho mejor aspecto. Nos juran y rejuran que es pollo, así que compramos. El sabor no me pareció muy agradable, además me produce carraspera, mala suerte pensé, me ha tocado un trozo de grasa pura. Pero el segundo trozo sabía igual y ya me mosqueó.

Examiné concienzudamente la fisonomía de los trozos y descubrí que era pollo sí, pero… los culoooos. Aggggg, todavía me viene la sensación a la garganta. A la basura el resto y después coca cola, chocolate, y todo lo que pillé para quitarme el regusto, cosa que no conseguí completamente hasta una semana después.

Pero tampoco era cuestión de ayunar, así que nos dirigimos hacia un local recomendado en las guías. El sitio desde luego merecía una visita, algo de lo más zen. Todo eran alfombrillas y cojines por el suelo para sentarse o tumbarse, asientos de piedra o troncos… y al fondo dos zonas con el piso de madera, una para hacer meditación y yoga a quien le apeteciera, y otra enorme para, en tumbonas o en el suelo, tomar tu copa contemplando el río y la vegetación.

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Muy, muy chulo, no hay quien lo niegue, pero la terraza estaba a tope, y sólo el olorcillo reinante en las calles anexas, a “hierba”, ya me había colocado, así que nos trasladamos a otro, de distinto estilo pero igualmente fascinante.

Nos dirigimos hacia uno de los puentes de bambú del río Mekong porque, aunque en la otra ladera no veíamos más que vegetación, un cartel anunciaba un restaurante.

Afortunadamente este puente estaba impecable, para ello cobraban a todo el que quisiera atravesarlo. Decían que cada año lo arrasaba las aguas y había que hacerlo de nuevo.  Como no estaba a demasiada altura y no se movía demasiado, atravesarlo fue una gozada.

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¡La de veces que de niña repetí en una cantinela el nombre de los ríos de Asia! ¡Quién me iba a decir que iba a contemplarlos! Yo creo que eso fue lo que me dio valor para cruzar.

A continuación nos encontramos con esta  bonita escalinata.

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Finalmente llegamos a dos entradas. La de la derecha era una tienda artesanal de complementos con el protagonismo de las piedras. Diseños bellísimos, modernos y originales que te hacían sobre la marcha si preferías personalizar aún más tu pieza.

La de la izquierda daba a un pintoresco restaurante, donde te encandilaban no sólo las estancias, sino las vistas: río y vegetación, nada más.

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Madera de teca y cojines, esa es toda la decoración. Con esa vegetación al lado, no  se necesita ningún otro ornato.
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Bajando una pequeña ladera, entre el bambú, se encuentran diversos habitáculos, siempre de elementos naturales.
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Este precioso “reservado”, al igual que otros, estaba suspendido a bastante altura, sobre pilotes de madera. Como al resto, había que acceder descalzos.

Aunque también hay otra zona con mesas altas para los que no consiguen hacerse  con las piernas si han de sentarse sobre cojines en el suelo o aquellos que se decidan por la especialidad de la casa, la fondue laosiana que, por razones obvias, no puede ser servida sobre mesas de madera.

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¿Qué cómo es una fondue laosiana?  Pues te traen un cubo enorme de cemento revestido de metal con brasas dentro.

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Entre estos muretes de bambú se hace la “candelita”

Lo encajan en el hueco ya preparado de la mesa, en cuya parte inferior hay una bombona de gas.

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Desde luego, yo no metería los dedos

 A continuación tapan el cubo con algo parecido a una cacerola con una ligera pendiente y ranuras. Y añaden agua, que se acumula en los bordes donde tú vas depositando verdura, huevos, pasta, zanahorias…, para que se vaya cociendo.

En la parte superior pones un poquito de mantequilla que, al fundirse poco a poco, evitará que se peguen las finísimas láminas de carne y pescado que vas a ir colocando. Una vez que acabas de engullir todo, te sirves el caldo resultante.

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Inevitablemente me viene a la mente una de las primeras veces que mi marido me invitó a cenar, mejor no acordarme de cuántos años hace.

Me llevó a un restaurante vietnamita donde la especialidad era este tipo de fondue, por lo que deduzco que más que laosiana es asiática en general, claro que, en aquel caso, el cubo lo omitían, era una fondue normal, mucho menos rústica.

Así que, al encanto del sitio se unieron los recuerdos de una lejana y preciosa época, lo que marcó un fin de jornada nostálgicamente especial.

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