Ciudad multiétnica, tres son sus barrios más embriagadores: el árabe, el hindú y el chino. Sin ellos Singapur no sería la misma, es más, perdería gran parte de su identidad. Miles de turistas al año no pueden estar equivocados.

Una de las mil cosas que me encanta de Singapur es la mezcla de culturas. Chinos, hindúes, árabes, malayos y multitud de extranjeros conviviendo en perfecta armonía, al menos desde mi percepción como turista. Juntos han creado una ciudad moderna y espectacular, plagada de rascacielos, si bien en sus comienzos, como suele ocurrir, cada nuevo desplazado buscaba el cobijo de los suyos, dando lugar a los tres barrios más pintorescos y turísticos de Singapur.

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Una imagen de la Singapur moderna

Comenzaremos con Little India, como su propio nombre indica, el barrio hindú. No tiene demasiadas cosas que ver, o yo no las supe encontrar, pero el conjunto de varias de sus calles hace que creas haber entrado en un maravilloso cuento infantil. Las pequeñas viviendas multicolores alegran la vista y el ánimo y te asombra que en una zona aparentemente humilde haya tantísimas joyerías.

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Fachadas multicolores que alegran cualquier ánimo

¡Y cómo me gustaría vestir con las telas de los escaparates! Dame tiempo, aquí podría, hay muchas mujeres que aún visten a la usanza tradicional.

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Mientras me decido y no, vayamos al templo de Sri Veeramakaliamman, de 1881, el más importante. Nos llama la atención su fachada.

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¿No es una mezcla extraña ese frontal con unos laterales a rayas? Al fondo adivinamos el paulatino progreso del barrio, edificios de mediana altura seguidos de rascacielos.
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Una de las hojas de la puerta de acceso, bellamente trabajada en latón y bronce
Aspecto de la parte superior de otra cara del edificio

Por si nunca habéis visitado un templo hindú, os diré que al traspasar el umbral te sueles encontrar en una gran sala diáfana con varios altares al fondo.

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Lo que no había visto antes era ese cerramiento a cal y canto con persianas metálicas

Bastantes mujeres se aposentan por donde pueden para  separar los pétalos de las flores o preparar las ristras que servirán de ofrenda. Nos extraña que esto se haga en la sala, pero resulta aún más chocante que también te encuentres a gente sacando cacerolas para comer.

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Mientras, en el pasillo descubierto en forma de U que rodea el templo, algunos hombres se afanan en acicalar las muchas estatuas sagradas que allí están dispuestas.

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Algunas estatuas desde luego dan miedo. Claro que en la religión cristiana hay algunas que también tienen miga

Una ceremonia está a punto de comenzar. Varios músicos sentados en el suelo, marcan un ritmo difícil de no acompañar. Un grupo de gente se acerca a uno de los altares principales donde una efigie es bañada con lo que parece leche o agua de coco… ¿Algún lector sabe el significado y me puede ilustrar? Me quedé con las ganas de saberlo.

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Para finalizar, nos acercamos a la mezquita Abdul Gafoor. No, no me he equivocado, es una mezquita, en pleno barrio hindú, y además, de una belleza extraordinaria y, según creo, monumento nacional.

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Y es que, hay que repetirlo para ver si así se va creando ejemplo, la diversidad étnica aquí no implica separación radical.

Salimos ya hacia Kampong Glam, el barrio árabe. En el camino encontramos un edificio de imponente estilo art decó. No viene en la guía, pero decidimos curiosear. Antes de acceder a él, multitud de personajes importantes de todos los campos y países, inmortalizados en estatuas doradas a tamaño real, nos dan la bienvenida, desde militares hasta músicos o escritores.

Una vez dentro nos dicen que todo el edificio son oficinas excepto la planta baja, que es cafetería y restaurante. ¡No dejéis de entrar!, aunque no toméis nada, es espectacular. Lujo y esplendor art decó a tope: mármoles, vidrieras, sofás de cuero, separadores de forja…

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Por fin llegamos a una calle peatonal que me vuelve a parecer de cuento. Colorida y de aspecto colonial, a ambos lados se suceden pequeños y románticos restaurantes. Al fondo, la Mezquita del Sultán, que data de 1924. No sé si la compañía Disney se inspiraría en ella para el palacio del sultán de la película Aladín, si no, sería en otra prima hermana.  Una única palabra la define: “preciosa”.

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Un trocito de la calle. No puede negar su origen colonial

Desafortunadamente, la primera vez que visité la ciudad no la pudimos disfrutar por dentro por estar cerrada por obras, y la segunda, llegamos cuatro minutos tarde, y por mucha pena que quisimos dar para que nos dejaran entrar, no coló.

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¿Parece o no de cuento? Sólo le falta a Aladín y al genio saliendo por la azotea

Las calles anexas tampoco dejan indiferente. Numerosas tiendas de telas, alfombras, perfumes o souvenirs se suceden, afortunadamente todas guardando respeto por el entorno.

También encontramos grafitis, así de bonitos:

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Marchamos del barrio con una sensación bohemia y sin tener claro si dejábamos una parte de Holanda, de Arabia, de la India o un sueño de ciudad futurista. Mirad, mirad la imagen siguiente.

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Finalmente nos dirigimos a Chinatown. Salir del metro y quedarnos paralizados fue todo uno. La visión era espectacular: calles peatonales surgían en todas direcciones. Edificios coloniales de mil colores perfectamente restaurados, cubiertas modernas, para proteger de la lluvia supongo, porque del sol desde luego no,  cientos de tenderetes que se sucedían vendiendo todo tipo de souvenirs, de artesanía, de piedras de la suerte…, todo ello regado de abundantes farolillos rojos.

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¡La mezcla colonial y moderna crean un conjunto sin igual!
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Desde luego, no se puede negar que los chinos, lo de negociar lo llevan en la sangre.
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Detalle del piso superior de una de las calles

Al igual que nos pasó antes, nos sorprende que templos de otras religiones estén en pleno vecindario chino. Encontramos dos mezquitas y, el que es el templo hindú más antiguo de Singapur, el Sri Mariamman, que data de 1827.

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Lo mas llamativo de los templos hindúes: las mil esculturas policromadas de sus fachadas

Como siempre, nos hacen descalzar y nos prestan una falda larga para poder entrar al recinto. Está bien que hayas de mostrar respeto…

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Uno de los pequeños edificios adosados a la parte posterior del templo. No sé por qué me recuerda ligeramente a las Fallas

…E imagino que lo del móvil no constaba en aquellos tiempos lejanos en que se impusieron las normas.

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Pero, como no puede ser de otra manera, el templo por excelencia de la zona es el budista, The Buddha Tooth Relic Temple and Museum, o lo que es lo mismo, el Templo de la reliquia del diente de Buda. Suficientemente explícito lo que encontraremos dentro ¿no?

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Todo madera. Fijaros qué maravilla arquitectónica los bajos de los aleros.

Pero no sólo es imponente el exterior, no. El interior lo iguala. Como en todos los templos chinos, en la entrada se hacen numerosas ofrendas de incienso, por lo que ojos y fosas nasales cosquillean, aunque en cuanto pasas al interior los abres tanto que se te pasa en un pis pas.

Una enorme sala de dos alturas se abre grandiosa ante ti. Cubriendo todo, excepto el suelo, el rojo vibrante y el oro impoluto te hechizan.  ¡Resulta fascinante! En el frente, tres deidades conforman un enorme altar, y todas las paredes están ocupadas por hileras paralelas de pequeñas hornacinas con efigies idénticas de Buda.

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Cada una de las efigies de las paredes es “arrendada” anualmente por un creyente, es decir,  realiza una donación anual, de cuantía estipulada, por tener su nombre en una de ellas.De ese modo, será acreedor de más bendiciones.

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Un detalle de una de las paredes. Lo de dentro de cada cuadro pequeño, también son Budas.
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Otra de las paredes del pasillo circundante. Distinta decoración, pero nuevamente todo lo alineado son Budas.

 

Nos extraña que nos dejen pasar ya que se está celebrando un oficio, y lo agradecemos infinito porque si espectacular es la visión, majestuoso es contemplar la sala llena de monjes vestidos de azafrán y de fieles, con túnicas negras, todos modulando sutras al compás del tambor, del mokygyo, el instrumento realizado en madera ahuecada de sonido tan peculiar, y el inkin, la pequeña campana de bronce que marca los tiempos.

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Después de nuestra pequeña relajación, subimos un piso donde encontramos un  pequeño museo en el que, a través de documentos y esculturas, se explica la vida de Buda. Ciertamente me pareció interesante.

Más arriba aún, ¿o he cambiado los pisos?, encontramos otra gigantesca estancia con tarimas de madera a los lados donde los fieles se sientan a meditar o rezar y, al fondo, tras una enorme pared de cristal, un impresionante acotado donde se halla la reliquia del diente, toda ella rodeada por altares de oro y un techado espectacular. Desafortunadamente, las fotografías no estaban permitidas.

En una última planta encontramos un pequeño jardín invitando al descanso y un cilindro de oración, si no recuerdo mal, inscrito en el libro de los Guinness por su gran tamaño.

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No cabía entero en la imagen. Creo que para tener suerte y recibir bendiciones has de orar mientras giras el rulo impulsándolo con el pasamanos de madera situado en la zona inferior. No me falta la “falda” prestada para entrar en el templo

Damos por finalizado nuestro recorrido en Chinatown curioseando cómo trabajan algunos artesanos, artistas sin lugar a dudas. Al menos en este puesto sabemos que aunque sean de elaboración china, los productos no salen de fábricas.

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La frase  “esto es trabajo de chinos” cobra todo su sentido.

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