Ponerse en el papel de Santa Claus es algo muy especial. Y mucho más cuando se trata de visitar un asilo-orfanato. He aquí nuestra experiencia.

En un par de ocasiones os he mencionado a un grupo de azafatas-os por los que siento cierta admiración. Cada año, al llegar Ramadán, una de las celebraciones grandes musulmanas, realizan una campaña de recogida de fondos dedicada a abastecer a alguna comunidad necesitada, cosa que no me extrañó porque su religión dice que han de ser generosos con los menos afortunados, especialmente en estas fiestas.

Sí me asombró sin embargo que hicieran lo mismo cuando llegó  Navidad, la fiesta grande cristiana, ya que el porcentaje de practicantes de esta religión es muy pequeño.

En ambos casos fuimos invitados a colaborar y asistir a la entrega de lo conseguido, que no sólo se limitaba al “toma, aquí tienes”, sino a pasar la tarde con la comunidad en cuestión.

No sé si porque nos apuntamos a cualquier sarao o porque los rasgos son más creíbles, esta vez han ido a más y han pedido a mi marido que se disfrace de Santa Claus para dar los regalos. Quien le conoce, ya se puede imaginar que no dudó un instante en aceptar la propuesta y, como adelantamos nuestra Navidad para poder celebrarla en España, pedimos a los Reyes Magos un traje apropiado para tal efecto, porque con toda seguridad aquí no lo encontraríamos.

La fecha elegida no fue el 25 de diciembre porque había que cuadrar que la mayoría de los organizadores tuvieran día libre y porque en Makassar no es costumbre toda esa parafernalia de Occidente. Con un oficio religioso y una comida no muy distinta a la de diario, está  celebrado.

El lugar no lo teníamos claro porque aquí organizar este tipo de actos  no exige demasiado protocolo. A última hora nos comunican que es un asilo-orfanato, con tal vez una docena de ancianos y casi una veintena de chicos entre 8 y 18 años. En una barriada local por la que nunca se nos había ocurrido circular: apartada, calles estrechas, sin nombres… ni el taxista lo llevaba claro aun preguntando a los viandantes.

No pienso yo que en esta ciudad y a estas edades, crean mucho en Santa, pero la ilusión que no falte: Una hora nos costó encanecer aún más el cabello y la barba, la cual, durante tres meses se había dejado crecer y crecer, porque eso de usar una de tela no le convencía. Y éste fue el resultado:

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Al ver el barrio tan humilde nos inquietan las condiciones en las que se encontrará el centro,  pero nos sorprende gratamente, por lo bien cuidado y por su agradable aspecto lleno de plantas.

A pesar de llegar con horario indonesio, es decir, media hora tarde, fuimos los primeros. A falta de gente, un belén nos recibe, el único que veremos este año, y en ese momento echo de menos todo lo que supone montar el belén en casa, dos días de ambiente único con nuestras hijas que este año no ha podido ser.

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Sin duda, un belén en el trópico

Poco a poco comienzan a llegar los compañeros y también a aparecer los residentes, que ponen cara más que asombrada cuando ven a un señor tan canoso que, aún sin disfrazar, se asemeja enormemente, más que a ningún otro personaje, al abuelo de Heidi.

Una hora más tarde por fin comenzamos. Todos los chicos se sientan en una sala. No hay ningún sacerdote, ni para hablar ni para oficiar misa, sólo un par de monjas con sus hábitos y algunas mujeres, que debían ser algo así como catequistas.

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Hablan sobre el significado de la Navidad y dirigen varias oraciones, sin faltar tampoco el cántico de un villancico, Noche de Paz. Nos han proporcionado la letra y  me hace mucha ilusión cantarlo con ellos, parece que por una vez, aún en tierras lejanas, estás con los tuyos.

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Al terminar la celebración, una azafata toma el micrófono y comienza a animar al personal. Saca a los niños para que digan qué quieren ser de mayores o qué ilusiones tienen y en alguno que otro aflora la emoción contenida.

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Santa ya está preparado y comienza a repartir paquetes.

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Sólo una tímida sonrisa de los más pequeños. Todos están muy callados. Nadie se alborota excepto el grupo organizador, que mete bulla para ver si reaccionan. Y si eso nos provoca momentos embarazosos, el percatarnos tardíamente de que no hay paquetes para todos, mucho más. Así que improvisando, se intenta entregar antes a los más peques.

De repente una de las catequistas discute con su niña de 8 ó 10 años. Le había tocado regalo y no entendía que ahora su madre se lo quisiera dar a otro. Ninguno de los críos a los que no había llegado paquete se ha quejado, sin embargo esta nena  se niega a devolverlo y monta la pataleta. Dios míooo, vaya panoramaaaa, esperpéntico. ¡Y nos hace pensar!

Afortunadamente, una vez más comprobamos que las cosas sencillas pueden ser las que mejor resulten. Habíamos comprado por nuestra cuenta un buen paquete de chupachups, y allá que empezamos a darlos a “tutiplay”, a pequeños y mayores, sin orden ni concierto, y entonces sí que sí, quién lo diría, comenzaron a reir y pedir levantando enérgicamente voz y brazos.

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En este país, la forma habitual de agradecer una visita o de despedirse, que a mí siempre me invade, me llega muy adentro, es hacer dos filas, igual que en un besamanos. Los visitantes están parados y los de casa, o los que se marchan, van pasando  estrechándote la mano y llevándosela después al corazón al tiempo que inclinan la cabeza. Esto fue lo que hicieron todos antes de salir al patio para preparar las cajas de comida que habíamos llevado, mientras nosotros éramos dirigidos hacia la zona de los ancianos.

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Bueno, del anciano, porque solamente había uno y además no creo que fuera mucho mayor que nosotros, pero debía estar imposibilitado. No hablaba o no quiso hacerlo y su mirada fue lo más escalofriante de la tarde. Dudosamente la podré olvidar. Temerosa, enojada… no sabría definirla, pero parecía recelar, dudar de sus propios ojos, no saber si estaba en un sueño o ya muerto y contemplando a un ser de otra dimensión.

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Y si su expresión fue impactante, el camino hasta su habitación también. Casas derruídas dentro del recinto, como si de la imagen tras un bombardeo se tratase. Imagino que por eso sólo había una persona, era el único edificio en pie. Confío en que la demolición fuera a propósito para hacer edificios nuevos pero no las tengo todas conmigo porque en  ese caso, supongo que se habrían ido llevando los escombros.

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Con el corazón algo encogido, nos dirigimos a la zona de las ancianas. Es sencilla pero agradable. Al aire libre se suceden las habitaciones, que más parecían casitas   adosadas, formando una U entorno a un pequeño jardín. Son individuales o de dos camas, pero casi ninguna anciana estaba dentro, sino fuera, sentadas en la puerta, como recuerdo hacía todo el mundo en mi infancia.

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Ellas sí que rebosaron alegría al ver todo un tropel de jóvenes por allí. Y para ellas sí que había un regalo por persona, afortunadamente. En Indonesia no se estilan mucho las muestras de afecto en público, no están bien vistas. Sin embargo en esta ocasión Santa fue recibido  no sólo con sonrisas abiertas, llenas de felicidad, y con chispas de energía nueva en los ojos, sino con enormes y francos abrazos que nos conmovieron a todos por igual. Mantuvimos el tipo, lo mantuvimos, hasta que una de ellas se aferró a él tan emocionada, que su llanto se hizo el de todos.

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Terminamos la visita como siempre, con muchas fotos y muchas risas ahora que todos han cogido un poquito de confianza.

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Y tomamos el camino de regreso a casa con una bonita sonrisa.

El día de hoy no ha sido exactamente como esperábamos, pero sin duda nos dará para meditar sobre muchas cosas, nada fáciles de solucionar, cierto es.

Pero al menos  entendemos ahora de verdad esas dos frases que están tan a menudo en boca de todos: “Esto es como darle a un niño un caramelo”, porque no pudo haber mejor reacción ni sonrisas, y “nos volvemos niños a la vejez”, porque no creo que se hubieran alegrado tanto de haber sido cualquier rey en persona quien les visitara.

Hoy no oímos a nadie pedir una play ni un nuevo móvil. Unos caramelos, un abrazo a Santa Claus… ¿alguien necesita aquí un regalo mayor?

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