BODA MUSULMANA “DE GENTE BIEN”:  Vive paso a paso una boda musulmana indonesia. Fastuosidad en los trajes, simbolismos en la decoración, la comida y el acto… Hasta el momento, lo más parecido a un cuento de príncipes.  

 

Después de haberos contado cómo se prepara una indonesia para ir de boda, paso a narrar la boda en sí. Es la segunda ceremonia musulmana a la que asisto. La primera era de familia humilde y, si habéis leído mi experiencia en ella… como que me quedé a dos velas. Esta otra es de familia rica y muy religiosa, hasta el punto de que la más alta personalidad religiosa musulmana de la ciudad se encuentra entre los invitados. Básicamente el ritual es el mismo en ambos casos, pero obviamente, la vistosidad no.

El barrio no parecía especialmente selecto. Rodábamos por una calle larga y estrecha atestada de tráfico hasta que giramos hacia otra solitaria. Al apearnos del taxi, varias vallas altas indicaban que una cosa era lo que me pareciera la zona, y otra lo que me iba a encontrar tras los muros.

Efectivamente, se trataba de una construcción moderna y costosa. Un pasillo enmoquetado y, siguiendo la costumbre, cubierto con telas,  te dirigía, desde la entrada del jardín hasta el interior de la casa, y a ambos lados, las filas de sillas para los familiares de la novia ya estaban prácticamente ocupadas. Tres músicos (dos con tambor y uno con una especia de flauta) esperaban sobre el suelo, justo en la entrada de la vivienda. A  la derecha, una gran pantalla plana se hallaba dispuesta para la retransmisión en directo de lo que ocurriera dentro.

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Como es preventivo, nos descalzamos antes de entrar (prometo  comprar los próximos zapatos sin tira trasera, porque siempre monto un espectáculo haciendo equilibrios para ponérmelos y quitármelos).

La presentación era impecable y completamente tradicional. Habían colocado una tarima para hacer dos niveles en el salón.  Al frente, una mesa carente de asientos, alargada y baja. Sobre ellas bandejas de pie de cristal con cubres dorados y una buena vajilla. Bajando la tarima una mesa igualmente preparada, pero a una altura normal y con sillas sólo en uno de sus lados, para que nadie impidiera observar la gran cama con dosel del frente.

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Me quedo alucinada con la cama en pleno salón. ¡No quiero ni pensar que sea como vi en alguna película histórica, que los invitados estén presentes durante…, tras cortinitas, para dar fe de la consumación del matrimonio! No, no, me explican que es decoración, un emplazamiento lujoso donde aposentarse, y que se denomina Pelaminan. Uf, menos mal, ¡qué embarazoso!

Ciertamente la cama, perdón, el Pelaminan era de película. Edredón de seda, inmaculadamente blanco y luminoso. Telas multicolores brillantes en la pared frontal y en el dosel. A su izquierda, alineadas, 4 sillas, y frente a ellas una pequeña mesita baja de cristal.

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Saludamos al anfitrión y su esposa (tíos de la novia), como mandan los cánones, así como a algún otro familiar, y nos acomodaron en el extremo de la mesa más larga desde el que se veía también la cama, es decir, un sitio de los más importantes. Por supuesto sentadas en el suelo enmoquetado, al gusto indonesio. No es que mi flexibilidad me permitiera una postura muy digna para un acto tal, pero intenté guardar el tipo… Aunque parecía que lo hicieran aposta, cada dos por tres llegaba un nuevo familiar y había que levantarse a saludar… A la media docena, ya las piernas me flojeaban, y la poca dignidad, al garete, así que decidí quedarme de pie curioseando hasta que empezara el cotarro.

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Me llama la atención la gran lámpara colgante de lágrimas, por otra parte bastante habitual en edificios o casas que se presten, aunque la decoración restante no siempre vaya acorde. También un par de cuadros con imagen  en relieve de alguna mezquita en oro y plata (no sé si metales nobles o imitación). Igualmente deben ser muy habituales porque se ven por todas las tiendas. Me explican que un regalo muy común del novio es este tipo de cuadros, y que a veces el dibujo está formado por billetes de uso legal. El número de billetes o el importe de los mismos suele ser simbólico: una fecha o cualquier otra cosa importante.

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He aquí un cuadro

 

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Y aquí un detalle del cuadro anterior. ¿Se notará si en caso de tener un capricho se quita algún billetito?

 

También me muestran el interior de las bandejas y me explican que cada una de ellas  contiene un tipo de pastelillo distinto que se encargan de elaborar los familiares. Dentro de la casa no puede haber comida que no sea dulce, para desear a la pareja que su vida transcurra siempre así de placentera. Ahora me explico también por qué siempre que te invitan a comer empiezan por algun dulce, cosa que hasta ahora se me hacía extraña. ¡Me encanta toda la simbología!

Se oye un revuelo. Los músicos empiezan a tocar. Todo el mundo sale a la puerta y se coloca en el pasillo, excepto los padres de la novia los cuales, como anfitriones, se quedan justo en el umbral. El novio acaba de llegar. Yo, con mi cámara en ristre, me quedo paralizada, sin poder disparar ni una sola, hasta que mi profe me da un codazo para que espabile, pero ya es demasiado tarde para captar la escena.

Como si de un emir se tratara,  no le faltaba ni la perilla, hace su aparición con un traje deslumbraaaante. Pero igual o más deslumbrante es la comitiva. Tras él vienen, cuarenta, cincuenta, sesenta mujeres… no sé, igual más. Cada una porta una caja de transparente, adornada con pasamanería. Dentro de cada una de ellas va expuesto un regalo: unos zapatos, un perfume, sarongs de seda, algunas joyas, uno de esos cuadros mencionados, y un largo etcétera…, hasta lencería (que se me hace raro que la vayan enseñando).

Todos los presentes son llevados a la habitación de la novia, excepto el regalo estrella, un impresionante juego completo de joyas en oro labrado. Las mujeres se reparten por donde pueden en otras habitaciones.

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Estas otras familiares portan bandejas cubiertas, posiblemente más dulces.

 

Me coloco en mi sitio. Los hombres de mayor categoría, supongo que ejerciendo de invitados de honor y de testigos al mismo tiempo, en las sillas junto a la cama. El novio, su padre y el futuro suegro sentados en el centro del pelaminan (al estilo indonesio, con las piernas también sobre el mismo, flexionadas). Sobre la mesita el juego de joyas y un par de libros forrados en negro.

Una de las mujeres más allegadas, micrófono en mano, da la bienvenida a todos, haciendo referencia personal a mí, cosa que no esperaba, y va retransmitiendo el acto, que los de fuera pueden ver en un televisor.

Uno de los testigos canta a capela algo que me recordó el lamento de nuestro “cante jondo”. Hay una breve charla entre el novio y ambos consuegros que finaliza con un estrechón de manos y la firma de los tres en ambos libros. Caras de felicidad… Bueno, ahora vendrá la novia y comenzará la ceremonia… pero veo que empiezan a comer los dulces… ¿……?   ¡EL MATRIMONIO ESTÁ CELEBRADO!

Estupefacta estoy pero, ¿creía que no me iba a asombrar más? Pues me equivoqué. Se van a buscar a la novia. Parece ser que en la habitación de ésta se realiza un ritual de entrega al marido quien, por primera vez, la toca oficialmente. Al cabo de unos minutos, encabezando una hilera aparece una señora portando un cordón… ¡a la que va agarrada la novia! Y, tras ella, su ya marido.

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Es un cordón muy vistoso, es verdad, y tampoco la trae atada, el cordón pende de la mano de la novia, también es verdad, pero no deja de impactarme, muchííísimo. Simbolismo, reminiscencia de otros tiempos… sí, será, pero yo, aunque amante de las tradiciones, no me imaginaría nunca apareciendo así el día de mi boda.

Sin embargo, no… afortunadamente luego me explican que no es lo que yo pensaba, no hay que emitir juicios anticipados. La señora no es la suegra como pensé, sino una persona de total confianza de la familia, la encargada de maquillarla y acicalarla para la ceremonia, y tampoco la lleva “presa” sino que con el cordón  guía a ambos hasta la cama donde se cerró el matrimonio, simbolizando que ella será la guía de esa nueva familia que comienza justamente en ese lugar, el  “Pelaminan” . Bueeeno, con esta explicación me quedo mucho más tranquila.

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También en las ceremonias musulmanas se arrodillan ante los padres para mostrar su agradecimiento y respeto, así como ante los altos invitados de la comunidad religiosa.

 

Tras esto ya no queda más que celebrarlo. Así que empieza la sesión de fotos y la comida. Esta vez ya comida salada, o mejor dicho, picante, del self service del jardín. Como suele pasar, yo también entro en el pack de fotos souvenir. Pero, te lo piden con esa sonrisa a la que nunca te puedes negar.

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Una vez que comes tu plato, ya es hora de irse, nada de tertulia, porque hay que continuar celebrándolo, es decir, comiendo, en casa del novio. Pero antes, obligatoriamente te has despedir del anfitrión. Como dependo de mi profe, no voy ya a casa del novio, aunque sinceramente me quedé con las ganas de ver cómo estaba decorada.

Tampoco podremos acudir a la fiesta de los 2.000 invitados que habrá esta noche en el local de un familiar, aunque según tengo entendido, no se suelen salir de lo establecido y comentado en la boda cristiana: recepción donde todo el mundo muestra sus mejores galas, fotos mil, self service comiendo de pie… Aún así, vuelvo a quedarme con ganas. No por la comilona, prácticamente no como nada por temor a que sea picante, sino por la espectacularidad del montaje.

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Despidiéndome de los anfitriones
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De algunas invitadas con las que compartí mesa
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Y de la “guía de la nueva pareja” una vez que se me hubo pasado el susto de la cuerda. Llama la atención su maquillaje. No importa ese corte de color en el cuello, lo importante es la cara blanca.

Así que, con algo de pena, busqué mis zapatos entre la montaña que se había ido acumulando en la puerta y, en vista de que no había manera de que llegara el taxi, Darma, con algo de miedo, me preguntó si me subiría en bentor.

Bentor es una de esas motos con carrito para pasajeros incorporado tan comunes por Asia. Después de todo lo que estoy viviendo en este país, crees que voy a andar con remilgos de subirme a uno de ellos? Además, qué tiene de malo? No es que sea muy amplio ni tenga aire acondicionado, pero es para ti sola y como mucho, tu acompañante.

Se asombró muchísimo de que aceptara sin problemas, porque el status es el status y hay que demostrarlo, y los buleh (extranjeros), automáticamente son considerados de alto nivel. A posteriori, quienes nos vieron caminar hacia el extremo de la calle, la recriminaron por llevarme caminando un trozo de unos 50 metros. No quiero ni pensar lo que le hubieran dicho si nos ven subir luego al bentor.

Presumo de que no se me caen los anillos, claro que, si estuviera en España, ¿vestida de boda me hubiera subido a un autobús de línea para volver a casa? Casi con seguridad que no. Y ello me lleva a meditar. Muchas veces doy las gracias a Indonesia por ello.

¡Cuánta falta nos hace volver a meditar!

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