VESTIRSE PARA IR DE BODA: Me peinan, me visten… Me convierten por un rato en una lugareña más. Deberíamos aprender. En Indonesia no necesitas dos meses y una fortuna para preparar modelito. 

 

Mi profe de indonesio, Darma, sabe que me gusta participar en todo, así que, como se casa una amiga suya, ha pedido al tío de la novia, persona que organiza la celebración, permiso para llevarme.

Esta es mi segunda boda musulmana, pero esta vez  el poder adquisitivo de la familia no tiene nada que ver. Darma quiere que viva ese día exactamente igual que cualquier otro invitado indonesio así que me dice que me deje llevar: “Yo me ocupo de todo. La boda es a las 10 de la mañana. Vendré a buscarte a las 8 para ir a vestirnos, peinar y maquillar. Sólo llévate una camiseta de tirantas”.

 ¿Sólo dos horas antes me recoge y ni tan siquiera sé qué me quiere poner? A ver, en casa, dos meses antes ya te estás probando todo el armario, o mirando todas las tiendas habidas y por haber. Y una vez que  tienes el vestido, haces la montaña de zapatos, a ver cuál te pega, que tampoco pega nunca ninguno, y otro tanto con el bolso, los pendientes, pulseras o anillos…

Por otra parte, teniendo en cuenta que mi talla aquí es más bien inusual, pánico me da. Pero, confiaré en ella, porque aunque siempre va vestida al estilo musulmán, tiene mucha gracia conjuntándose. Y… en fin… en el peor de los casos, menos mal que no me conoce nadie, aunque eso es un decir, porque con tanta foto, siempre hay quien la cuelga, y siempre hay quien te reconoce, por no hablar del facebook que te avasalla con “personas a las que tal vez conozcas”…

Puntual como siempre me recoge y nos dirigimos en su moto hacia una zona cercana a la boda. Barrio puramente local. Bullicioso y repleto de tiendas (toko), de esas en las que a ti  te daría cosa entrar, más que nada porque no estás acostumbrada, porque tampoco es que estén tan mal. Son las tiendas de barrio de toda la vida, sólo que como los edificios y las calles están bastante desastrados, parecen peor. Paramos ante un gran cartel de “Salon”. Para darme ánimos, antes de entrar inspiré profundamente y  me dije: Adelante, no puede ser peor que alguna de las aventuras que ya has vivido.

Para mi sorpresa, al traspasar el umbral aparece una peluquería enorme, sin lujos, pero bien equipada y limpia. A la derecha otra sala que a priori  me pareció un box de urgencias, pero no, eran camillas para masaje o maquillaje, y al fondo otras dos salas muy amplias, una con una armariada estupendísima llena de trajes de fiesta y aderezos, y otra para vestirse.

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Esta es sólo parte de la armariada

Darma había reservado tres blusones para que eligiera el que más me gustara. Talla única, pero como eran de esos de crêpe de seda anchos, que también usamos en España (ahora sé que importados de aquí), sin problemas. Después me eligió un sarong. Sabéis que el sarong es una prenda muy utilizada en Indonesia,  como un pareo pero cerrado, de manera que te metes dentro, que es super ancho, y te lo ajustan con un nudo o imperdible.

El sarong elegido tenía un dibujo muy tradicional, lo sé, pero la verdad es que no me sentía muy a gusto porque era casi igualito a esos manteles  de cuadros en los que comíamos de pequeños, así que decidí escoger otro. Yo hubiera preferido un tipo distinto de atuendo, de encaje, pero a ella le hacía tanta ilusión aquel que, claro que sí.

Me fui a quitar los leggins, pero no, me dijeron que me los dejara. ¿Vestida de calle y encima lo de fiesta? Era como cuando alguna vez te has puesto el pantalón encima del pijama porque te daba pereza quitártelo con el frío, y luego ibas acartonada. Menos mal que eran los más finos, aún así, qué calorina me esperaba.

A continuación pasé a la pelu. Tres chicas me acariciaban el pelo como si de un peluche se tratase, porque nunca habían visto una melena rubia (aunque a estas alturas ya sea medio de bote, para disimular las canas). Con lo que me gusta que me soben la cabeza, yo encantada. Luego pasaron a la  nariz. Pensé que tendría alguna manchita de rimmel, pero no, era que estaban asombradas de su estrechez.

Por fin preguntan qué me voy a hacer. Por supuesto tenía que ser el moño tradicional, pero el peluquero dudaba un poco, porque me tenían que meter un relleno para que abultara y, obviamente, tono rubio no tenía, sólo negro como el azabache. Después de cardar toda la melena bien, y gastar medio bote de laca, logró tapar el postizo con mi pelo, me colocó una florecitas y… despachado. Estupendo quedó, aunque yo me veía algo señorona. Quise sacarme un poquito de flequillo al menos, pero aquello se movía todo en bloque, así que lo dejé estar, no fuera a ser que la liara.

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Maquillaje ya lo llevaba de casa porque como aquí están acostumbrados a aclarar la piel, no a darles tono, pensé que igual polvos color tierra, no tendrían, y para piel blanca, ya me basta la mía, que ni estando por estas tierras me pongo morena más que tipo albañil.   ¡Hay  que ver que nadie está contento con lo que tiene!

Darma en cambio, al revés. Ella se maquilló pero no necesitaba peinarse. Ventaja de llevar la cabeza cubierta, no tienen que hacer esas colas de última hora en la pelu con la tensión de que no llegas, o dormir la noche anterior medio incorporada para no estropear el peinado.

A la hora de pagar, el alquiler del atuendo me salió por 200.000 rp. (unos 18  euros), y eso porque el blusón de pedrería era caro. Efectivamente eran prendas acordes al gusto local y a la categoría del evento. No sé cuánto me costaría alquilar un traje de ceremonia en casa, pero sí lo que me costaría comprarlo, así que aquí, que nadie mira mal por alquilar el traje, sí que se puede ir una de boda, sin gastarse una fortuna ni volverse loca buscando el equipito.

Dejamos la moto y la ropa de calle allí, ya las recogeríamos más tarde,  y tomamos un taxi, porque no era cuestión ahora de ponernos los cascos ni de arriesgarnos a manchar los trajes de grasa. La primera parte estaba superada, Darma lucía espléndida y yo mucho mejor que habitualmente con mi coleta y mis bermudas.

 

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 Lo que víví en la ceremonia media hora después, os lo cuento en la  entrada “Boda musulmana de gente bien”.

Pero antes, no puedo dejar de mostrar de nuevo aquí mi agradecimiento a Darma, que con su hospitalidad indonesia, no sólo se preocupó de que me invitaran y de acicalarme, sino que, aunque yo insistí en coger un taxi para llegar al “salón” se empeñó en recogerme en casa, en la otra punta de la ciudad, lo que le supuso, una hora y media extra en moto, y otro tanto después de la boda para traerme y, por si fuera poco, me pagó el peinado porque, según decía, yo me portaba bien con ella.

Una de las dos igual no lo ha captado: ¿Quién se porta bien con quién? Aunque supongo que habrá sus excepciones…

¡ÉSTA ES LA GENTE INDONESIA!

 

 

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