Tres paradisíacos islotes que, tras una buena sesión de buceo o esnorkeling, harán las delicias tanto de los más tranquilos como de los más festeros.

El nombre de Lombok va siempre unido al de las islas Gili. Ojo, léase “guili”. Y no, no tiene nada que ver ni con Gilito ni con esa otra palabra que algunos ya estáis imaginando.

Normalmente se accede a ellas desde la zona de Sengiggi. Puedes contratar un barco o coger el “de línea”, dependiendo de lo que te quieras gastar.

Se trata de tres pequeñas islas a un tiro de piedra de Lombok, y bastante cercanas entre sí: Gili Air, la más poblada, Gili Meno, la más pequeña y menos desarrollada y Gili Trawagan, la más grande y marchosa.

¿Qué tienen de especial? Pues, primero y fundamental las aguas que la circundan, estupendas para el buceo y, segundo, la sensación de disponer de toda una isla casi casi para tí. Podíamos añadir algo más, el relax proveniente de la prohibición de vehículos a motor: sólo se permiten bicis, que se pueden alquilar, o el equivalente a los taxis, pequeños carros tirados por burro, lo que acrecienta el matiz bohemio.

Mi marido, después de treinta años sin bucear, qué mejor momento iba a encontrar, y a mí me recomendaban continuamente practicar snorkeling, al menos una vez, así que, contratamos los servicios de una de las múltiples agencias de la zona que se dedican a estos menesteres. Resultan muy cómodas porque te dan todo resuelto, y encima hablan un poco de inglés, con lo que te sientes menos perdido.

Tempranito nos fueron a buscar al hotel. Compartíamos aventura con dos chicas holandesas que estaban realizando el curso de buceo –en tres días consigues la experiencia básica- y otra que, como yo, intentaría el snorkeling por primera vez en su vida. Me resulta sorprendente la cantidad de chicas solas o en pareja que viajan por esta zona.

La embarcación paró para que los buceadores se lanzaran al agua. Nos admira que haya no un instructor sino tres. Y que revisen bien todo el equipo antes de salir, puesto que las medidas de seguridad en estas tierras es algo que, a menudo, brilla por su ausencia.

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Después era turno para el snorkeling. ¿Es que no nos íbamos a acercar algo más a la costa? No. Malo, el mar y yo no somos muy amigos. -¿Y los chalecos salvavidas? -No trajimos. –Vamos mejorando. ¿Y cuánta profundidad hay? –Poca. –Menos mal, ¿y cuánto es poca? – Unos cinco metros. –Ya, ¿y eso es poca, y sin chaleco? Pues creo que me habéis convencido, os espero en el barco.

¡Qué gallina!, es cierto, pero me alegré infinito de la decisión cuando, la otra chica, cada vez que aparecía un pez grande, comenzaba a chillar como loca. ¿Qué habría hecho el instructor con dos mujeres chillando al mismo tiempo? Seguramente hundirnos a las dos.

Mi marido sin embargo disfrutó como un niño con su revalidación, la fauna subacuática era abundante, incluídas tortugas gigantes así que, para aquellos amantes de la vida marina, recomendable.

Para comer y descansar un poco nos dirigimos hacia la Gili Meno. A pesar de que hay algunos pequeños bungalows para turistas, muy muy básicos, y algún restaurante, muy muy básico también, cuyo único menú es arroz y el pescado del día, entiendes cómo se debieron sentir los Robinsones, porque el resto de la isla está prácticamente desierta. Parece imposible que estés en el mismo mundo en el que has vivido hasta ahora. Si alguna vez deseas encontrarte con la naturaleza y olvidarte de todo, éste es un lugar excepcional.

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Un rato después, volvimos a embarcar para una segunda inmersión en un punto distinto, que resultó tan satisfactorio, según dijeron, como el primero.

Un diez para la tripulación e instructores, afables y pendientes del más mínimo detalle. Calificación que sólo se vio enturbiada una vez nos despedimos, cuando observamos que los vasos de plástico que habíamos utilizado eran arrojados por la borda. Creo que hay en marcha una campaña de concienciación de la importancia de la limpieza de la aguas, de hecho, no encontramos suciedad en ningún momento, pero parece que aún no se lo toman del todo en serio. Esperemos que no terminen ellos mismos con su paraíso.

El día siguiente decidimos visitar la Gili Trawagan, más famoseta. El barco “de línea”  sólo tardaba en hacer la travesía cuarenta y cinco minutos, no mucho más que una lancha privada, el precio era considerablemente inferior y estaba a punto de partir, así que nos decantamos por él.

La embarcación estaba siendo cargada también con artículos diversos para proveer la isla. De esta forma, nos acomodamos como pudimos entre una lavadora, algunas rejas y cajas de todo tipo entre las que destacaban por número las de cerveza. Está claro que debía haber bastante más turismo que en la isla de ayer.

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Así de cargado iba en cada viaje a la barca el pobre hombre.

 Y cierto fue. No sabría decir si me gustó o no. Si tuviera veinte años, decididamente sí, pero a estas alturas, no estoy segura, no porque me comporte como una abueleta, sino porque los años me hacen ver las cosas de muy diferente manera.

Múltiples embarcaciones estaban atracadas en la orilla. Tras llegar a tierra firme nos encontramos en una calle estrecha, sin pavimentar, repleta a ambos lados de tenderetes de souvenirs, baretos y restaurantes con la música a toda pastilla. Y no habría coches ni motos, pero continuamente dabas el bote por las muchas bocinas de bicis y … apremiándote para que te apartaras como pudieras so pena de ser atropellado.

Era, en términos generales, como si de repente, nos hubieran transportado al San Antonio de Ibiza en pleno agosto, abarrotado y todo muy étnico y chulo, pero al mismo tiempo muy artificial.

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Chulo, desde luego
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Hamaquita y columpio dentro del agua. Chulo también, aunque hay que tener mucho cuidado con las quemaduras. El sol por estas latitudes es tremendamente peligroso

Ese tipo de ambiente lo tenemos muy a mano en casa, parte de la familia es ibicenca, así que preferimos dar la vuelta a la isla a pie, por esa orilla tan blanca y coralina. Lo bueno, que las aguas lucían cristalinas y a dos pasos la isla volvía a estar desierta, ni un alma por la playa, toda para nosotros. Sólo encontramos algún complejo hotelero de lujo salpicado muy de vez en cuando y, afortunadamente habían respetado el entorno.

Lo malo, que  la arenita no fue tan maravillosa como esperábamos porque había tantísimos restos coralinos que caminar se hacía un auténtico martirio chino. Chanclas o sandalias de agua eran insuficientes, las partículas se metían bajo el pie y te resultaba imposible aguantar, por lo que terminamos caminando por un sendero de tierra mucho más caluroso unos metros hacia el interior. Esto nos ocurre por no hacer caso a un comentario que leí sobre este lugar, donde decía que no olvidásemos los escarpines. Pensé que era una exageración. Pues no, no lo es.

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Gozada de playa solitaria en un finales de junio
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Coral depositado en la costa. No uno ni dos trocitos, montañas a todo lo largo de la isla. Os aseguro que caminar sobre él acaba con la visión romántica del mismo.

Nos dimos cuenta además de que en el mapa parecía más pequeña de lo que en realidad era y que no nos daba tiempo de recorrerla entera, así que pillamos un cidomo que pasaba casualmente. ¿Recordáis lo que era? El carro-burro-taxi.

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Simpático el carrito, pero matón, y diseñado para altura ligeramente inferior

Para acortar camino, en vez de ir por la costa, atravesó la isla. Allá no había ya más que un pequeño sendero lleno de baches. Al principio te reías con los vaivenes, al final no tanto. Descubrimos por qué en las películas del Oeste la gente prefería ir a pie y no en la carreta. Apearnos del dichoso carro fue toooodo un alivio.

A una hora del anochecer y con todo baldado, la mejor opción era volver al hotel y contemplar otra de las fantásticas puestas de sol con el volcán balinés al frente. Pero un segundo espectáculo nos esperaba, una boda en la misma arena. ¡Qué bonito y qué romántico!

Una carpa blanca engalanada con flores y muy pocas sillas dispuestas para invitados, mejor, más íntimo. Llega la novia, vestida de novia, de largo y de  blanco, hasta con collar de perlas. ¿Pero dónde está el novio? Pues el novio ya estaba allí, pero no nos habíamos percatado, ya que vestía con unas bermudas grises de loneta y con una camiseta, blanca eso sí. ¡Hombre, al menos unos pantaloncitos blancos largos de algodón o lino!

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Los curiosos que contemplábamos la escena nos miramos estupefactos. No critico, cada uno se casa como le parece, pero desde luego, si yo me pongo de pitiminí y mi novio aparece con bermudas de loneta, doy fe de que hoy no tendría dos hijas, al menos con él.

En fin, con el comienzo de su aventura, termina la nuestra en Lombok. La visita a la tercera isla Gili queda emplazada para un futuro viaje, porque si nada lo impide, volveremos, sin duda. Hemos descubierto el que, quién sabe, tal vez sea el lugar de nuestra jubilación.

 

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