Puedes subir al volcán Rinjani, bañarte bajo las aguas de la catarata  Sendang Gili, pasear por el poblado indígena de Pondok o juguetear con los monos de la carretera. Todo un plan.

Volvemos al tajo a las ocho de la mañana. Ser turista es duro, bien lo sabéis. De nuevo contratamos los servicios del “driver” que es lo más seguro para no perderse por unas carreteras que suelen adolecer de señales indicativas.

Nos dirigimos hoy hacia el norte. Lo más significativo es el Parque Nacional del volcán Rinjana. Pero por lo que he leído, sólo si eres un experimentado senderista lo disfrutarás. El ascenso al volcán cuesta al menos cuatro o cinco horas, con un calor apreciable. Así que, ahí lo dejo, para los amantes de las caminatas en mayúsculas.

Nosotros de momento nos contentamos con algo más ligero.  Cerca de Senguru se encuentra la catarata de Sendang Gili, que no sé por qué en las guías aparece escrita en una sola palabra. Una vez llegados al pueblo has de contratar un guía. A pesar de que tienen impreso el precio de las excursiones, has de regatear porque, por pedir no quedan. Al menos un tercio menos se consigue.

El camino era estrecho,

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Muuuy estrecho

Con montaña a la derecha y magnífico paisaje de arrozal a la izquierda.

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Como decimos por Andalucía, me estoy “dando una pechá” de arroz desde que vivo en Indonesia, y mira que los últimos diecisiete años he residido en Valencia, que por arroz tampoco queda. Afortunadamente para la báscula, ahora alimento sólo la vista. Pero, el arrozal se ve muuuuy abajo. Y eso significa, que toda la espesa vegetación a escasos centímetros de mis pies, no hace más que cubrir un altísimo corte de la montaña.

Pensarlo me causa mareo, no sé si continuar. Tras unos segundos, respiro hondo y convenzo a mi mente para que olvide ese pequeño descubrimiento. Encontramos un tronco sobre un riachuelo para cruzar a otra zona. Pregunto, ¿no tendremos que pasar nada parecido, verdad? El guía niega, me quedo más tranquila.

Bajamos muchísimos peldaños hasta llegar a un camino bastante incómodo. Afortunadamente, su encanto era tal que lo perdonabas.

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A puente de troncos no llegamos, es cierto, pero a uno de cemento con rejillas en el suelo que dejaba entrever la considerable altura a la que estábamos, sí. Pido que me den la manita, miro sólo hacia el frente y sigo tirando, sin respirar por un tiempo, eso sí.

 

Vuelvo a inspirar profundamente, al menos ya tenemos cruzado el río. ¿O no? Pues va a ser que no. Ya se sabe que el cauce de los ríos es caprichoso, hemos de cruzarlo de nuevo, pero esta vez introduciéndonos en él. Afortunadamente el agua llegaba como máximo a las rodillas, aunque la corriente y los cientos de piedras del fondo, te lo complicaban un poquito. El problema  mayor lo tuvieron unas turistas con las que nos topamos, a las que no se les ocurrió nada mejor que hacer la excursión con tacones.

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Cruzar entre las piedras
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Y sobre las piedras

Finalmente llegamos a la cascada, de cuarenta metros de altura, majestuosa. Había que ser atrevido para bañarse, porque las aguas estaban gélidas. Algunos lo eran, otros no tanto, léase servidora. Aún así, me bañé igualmente haciendo las fotos, porque la nube de vapor producida por la caída del agua era tan grande que difícilmente te podías librar.

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Para recuperar el aliento de mi marido que, como no podía ser de otra manera, sí que se atrevió, el guía, de repente, abrió su mochila y sacó agua, bollería y fruta. Hasta ahí bien, pero cuando extrajo además una bandeja y acomodó todo en ella, ofreciéndonos la comida con la mejor de las sonrisas, quedamos alucinados, sólo faltó la servilleta en el brazo, en medio de aquella vegetación tan salvaje.

De nuevo en el vehículo, nos dirigimos hacia Bale Bayan, en Pondok, otra aldea aborigen, aunque no tan espectacular como la Sasak del día anterior. Se trataba de cuatro casas mal contadas, de paredes de bambú, techos de paja y suelo de tierra,

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Aquí se almacenan cosas o charlas con los vecinos

con un solo grifo en la calle para abastecer de agua a todos los vecinos,

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Sin embargo, ¡con parabólica!

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Y no os perdáis el cartel de bienvenida… ¡wifi!

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Siguiendo la costumbre de la isla, nos adjudican un guía local y pagamos la voluntad. Posiblemente se han dado cuenta de que, con los extranjeros, resulta más rentable. La comunidad vive prácticamente en exclusiva de la elaboración de tejidos. Como dato curioso, a las chicas no se les permite casar hasta que no han aprendido a tejer, tal vez porque lo consideran indispensable para el sustento de la familia.

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Nos preguntamos si hacen el paripé de la fabricación artesanal a los turistas pero luego utilizan máquinas, aunque conociendo un poco esto, igual sale más barata la mano de obra que la fabricación o importación de maquinaria.

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Al menos estas pulseras seguro que están hechas a mano

El regreso lo realizamos por una carretera montañosa cuya atracción principal era una zona repleta de monos.

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Acostumbrados a la gente, circulaban por todas partes, no te molestaban ni te pedían  comida, y mucho menos robarte el bolso o las cosas brillantes como ocurre en otras localizaciones, Gibraltar sin ir más lejos.

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Bueno, una excepción había. No se yo si pedía comida o algo de mimos

Día de tralla. Ni siquiera hemos comido, en parte porque con el calor pierdes gran parte del apetito y en parte porque estamos en Ramadán y nos da apuro comer mientras nuestro conductor no puede tan siquiera beber agua.

Así que ahora vamos a regalarnos una cenita de velas y pies descalzos en la arena, con música tranquila, en el hotel vecino. Vamos a regalarnos el Sheraton aunque sea por una vez en la vida.

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Guardadme el secreto: antes miramos la lista de precios, no fuera a ser que luego estuviésemos un mes con indigestión. Afortunadamente, nada de cifras astronómicas como en países occidentales, así que sí, nos daremos el lujo.

¿Gustan ustedes?

 

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