Antiguos santuarios hinduistas contemplan el retorno de pescadores y buceadores en unos atardeceres hechizantes.  

No muy lejos de Sulawesi, se encuentra la isla de Lombok, remanso de paz. Aun así hay para todos los gustos, si te cansas de leer con el único sonido del mar, podrás elegir entre múltiples actividades. Aquí la conocemos como la futura Bali, ya que la quieren potenciar turísticamente, lo cual no deja de dar pena porque el turismo masivo estropearía todo su encanto.

De momento los visitantes son más bien mochileros, lo que a ciertos emplazamientos le da un toque hippy, aunque otros bolsillos también se decantan por visitarla, como lo demuestra la presencia de más de un hotel de lujo.

La mayoría de la gente no acude realmente por Lombok en sí, aunque bien merece la pena, sino por las islas Gili, tres islotes frente a ella casi casi vírgenes, bañados por unas aguas excelentes para los amantes del buceo.

Para nuestra visita, vamos a dividir la isla en tres partes: norte, oeste y sur. Hoy nos centraremos en el oeste y en posteriores posts comentaremos el norte, sur y las Gili.

La zona oeste, Sengigi, es la más turística. Antes, el aeropuerto estaba pegadito. Ahora lo han reubicado y llegar en coche cuesta una hora. Por el camino tenemos una extraña sensación, falta algo. Por fin nos damos cuenta, ¡no hay baches! ¡Ay, esas pequeñas alegrías!

Llegados al hotel quedamos gratamente sorprendidos por el emplazamiento, a pie de playa, y por su total integración en el paisaje, de manera que, desde fuera, ni siquiera se adivina. Y así, de momento, son casi todos:

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Bungalows de madera, restaurante en la arena, jardines cuidados, spa con vistas al mar, personal atento… ¿se puede pedir más? Tal vez, porque también dispone de villas con piscina y jacuzzi privado. En fin, todo un lujo que en España probablemente no te podrías permitir y que aquí es asequible, al menos de momento.

Después de un día de descanso, solamente turbado por los múltiples vendedores que se acercan a la tumbona a ofrecerte pareos, perlas, artesanía, masajes o pedicuras, ¡que de verdad que te fríen!, decidimos alquilar una moto para recorrer los alrededores.

No le iban las luces y los cascos estaban asquerosos, pero por 50.000 rupias al día, algo así como 3 euros, qué más se puede pedir ¿verdad? Y que conste que ese era precio para guiri. Finalmente, a pesar de que no entendían nuestro empeño, conseguimos que nos cambiaran la moto, al menos por una a la que le funcionaban las luces.

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Buscando gasolinera, mirad la que encontramos. ¡De bombeo manual, como la de los años 30!

Nos dirigimos a Mataram, la capital. A priori no se ve tan destartalada como otras. Las calles son agradables a la vista, amplias avenidas arboladas y limpias, salpicadas de vez en cuando por alguna antigua casa colonial holandesa.

Visitamos el museo Negeri, literalmente, museo de la nación. Pequeño pero bien cuidado y con un poco de todo. El director en persona se ofreció para hacernos de guía. Debe ser que no tienen mucha faena. Si no se conoce aún mucho la historia de la isla o de Indonesia en general, no viene mal echarle un vistazo, está interesante.

Al igual que viene bien recorrer alguno de los numerosos mercados si todavía no se ha visto ninguno en Indonesia, aunque sólo sea por los “taxis” que se arremolinan alrededor, carros tirados por equinos adornados con unos borlones rojos, denominados “cidomos”.

A continuación nos dirigimos a Mayura Water Palace. Se trata de un gran lago artificial rodeado de santuarios y fuentes. Aunque limpio, resultaba algo soso. Actualmente escolares, parejas o grupos de amigos lo utilizan para pasear o charlar un rato.

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En breve habrá una gran ceremonia y están colocando mesas -altares- para las ofrendas.
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Detalle animista de la parte superior del monumento anterior: Observad la similitud con la cultura azteca. Este es un buen ejemplo de la mezcla de religiones imperante aún hoy.

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Una vez fuera nos paramos a contemplar cómo, un nutrido grupo de hombres en el suelo, cubiertos por un techado de sábanas, trabajan las piedras. Esto es algo curioso, y bastante común en Indonesia.

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¿Quién necesita un local? ¿Tendrán que pagar impuestos por ocupar el sitio?

En palanganas depositan trozos de diferentes minerales. Tú eliges el que más te guste, turquesa o cualquier otro, eliges también una de las monturas de colgante o anillo y, sobre la marcha, la cortan, la pulen y la engarzan. No puedes negar que es una pieza única. La diversidad y las vetas resultan espectaculares, lo malo es que las monturas suelen ser bastante ostentosas y amazacotadas, cuesta trabajo encontrar alguna discreta.

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En la calle anexa encontramos dos templos budistas. Uno de ellos no parece estar en uso aunque está limpio y cuidado. Y si te cogen de pardillo, hay por ahí un espabilado que te cobra entrada, cuando en ningún templo te hacen pagar más que la voluntad.

El otro, Pura Meru es muy conocido, lugar de inexcusable visita.

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Tres “meru”, santuarios escalonados budistas, representando las montañas sagradas de Ranjani, Angur y Bromo, con alturas diferentes, constituyen las moradas de la denominada Trimurti hinduista (algo así como la Trinidad cristiana). La central es la mayor, con 11 alturas, donde habita Shiva. Las otras, con 9 y 7 alturas, corresponden a Visnú y Brama respectivamente.

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De regreso al hotel paramos en varios de los numerosos altares hinduistas que a lo largo de los ocho kilómetros aproximadamente de costa hasta destino nos vamos encontrando. Son altarcitos minúsculos en los que nunca faltan las ofrendas florales o de alimentos, cuya grandeza, para los de otras religiones, son los enclaves. ¡ÚNICOS!

Hay dos especialmente conocidos, uno en lo alto de un gran acantilado, el Batu Bolong y otro sobre una gran roca de la playa (no me preguntéis el nombre, seguramente en todas las guías lo pondrán). El silencio y la belleza del paisaje circundante te invitan irremediablemente a la meditación.

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Este es el acceso a la playa y, subiendo por la roca, a los altares. La cinta en la cintura, condición indispensable para entrar a cualquier reciento sagrado

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Contemplar el atardecer en cualquier punto del trayecto, será una de los recuerdos más imborrables que te llevarás de la isla. Agung, el volcán de la vecina Bali, parece estar al alcance de tu mano y el sol parece recrearse jugando con él antes de despedirse hasta el nuevo día.

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Preparando para la puesta de sol: Una señora barre primorosamente las esterillas y pareos que coloca sobre la arena para alquilar.

 

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¿Véis el volcán a la izquierda? Mejor se ve a continuación

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Y con él me despido también, hasta el nuevo post en el que proseguiremos nuestro recorrido por el resto de la isla.

 

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