De Narmada, antiguo palacio de verano del sultán, a la playa de Kuta, pasando por el poblado indígena de Susuk. Historia y diversión están servidas.

Nuevo día que comenzamos con ganas. Hoy hemos decidido alquilar coche con conductor-guía, servicio que aquí directamente se denomina  “driver”. Cuatrocientas cincuenta mil rupias (unos 30 euros) por 8-9 horas llevándonos allá donde queramos.

Nos dirigimos primeramente a Narmada, el que en tiempos fuera palacio de verano del sultán. Actualmente es un jardín abierto al público.

Dos enormes estanques con un templo al fondo nos reciben. Se cuenta que el sultán, llegado el día en que sus condiciones físicas no le permitían subir hasta la cima del volcán Ranjani, al norte de la isla, para contemplar el lago formado en su cráter, mandó su construcción para  hacerse la ilusión de seguir, de alguna manera, contemplándolo. Y nosotros, contemplando sus jardines escalonados intuimos que, de toda la vida, los de arriba no se lo montan mal.

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Tras subir la empinada escalinata llegamos a la única edificación que queda, lo que eran las habitaciones de la esposa y la concubina del sultán, una frente a la otra, algo distantes, eso sí, sería para que no se sacasen los ojos mutuamente al salir por las mañanas.

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Aunque  la sencillez de la edificación no se parece en nada a los palacios que estoy acostumbrada a visitar, las puertas, primorosamente labradas, nos permiten imaginar la riqueza del conjunto en otros tiempos.

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Iguales las puertas de esposa y concubina, excepto por la representación superior. Cada figura tiene un significado, aunque no logramos averiguar cuál.

Después ya enfilamos hacia el sur, popular por sus playas. Kuta es la más conocida. Tiene el mismo nombre que otra en Bali, aunque no tienen nada en común más que la blanca arena. Mientras la balinesa está abarrotada de establecimientos para el turista, ésta otra, más bien desierta, al menos cuando fuimos nosotros, que no era precisamente invierno, sino finales de junio.

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Tranquilidad sólo enturbiada por las vendedoras de pareos, portándolos en fardos sobre sus cabezas. A falta de turistas, te acribillan una y mil veces.

Si bien hubo un intento de explotación a lo bestia, de momento, afortunadamente, no prospera. En la misma arena encontramos restos de edificaciones de cemento derruídas, y sólo más adentro, escondidas entre la vegetación, se encuentran discretos y sencillos hotelitos y numerosos tenderetes de recuerdos, en su mayoría cerrados.

Costa solitaria y limpia, arenas coralinas blancas, aguas cristalinas… todo un placer. Y lo mismo en las numerosas calas de los alrededores algunas de ellas muy valoradas por los surfistas. Hay muchas maneras de llamar al lujo.

Otra visión pintoresca y preciosa son los pescadores. Sumergidos unas veces hasta las rodillas y otras hasta casi los hombros, y con sus conocidos sombreros de fibras vegetales, se alinean con sus cañas o redes, o se sientan tranquilamente sobre algún bambú preparado para ello de entre los que incrustan en el mar para cultivar algas.

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A continuación nos dirigimos a Sasak village, en Sade. Se trata de un poblado aborigen cuya singularidad reside en las viviendas y graneros. Estos últimos están sobre pilares y sus techados con forma campaniforme, o de sombrero antiguo militar, qué se yo, los hace únicos.

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En cuanto a las viviendas, son muy bajitas, construidas con bambú y paja. Nos invitan a pasar al interior de una de ellas. Es curioso que, al traspasar el umbral hayas de subir dos altos peldaños para acceder a la vivienda, pero tiene su lógica, aisla. No nos pega que el suelo sea de cemento y es que no, lo parece pero no lo es, realmente se trata de una mezcla super compacta de arcilla y boñiga de búfalo. No, no huele.

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A pesar de la aparente poca altura, constan de dos plantas. En la inferior, diáfana, se hace la vida y en la superior se haya la cocina,  que llegado el caso, si la familia es grande, también sirve de dormitorio. Los tabiques son de bambú.

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Interior de la cocina
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Orgullosos te muestran algunos trofeos, tanto en el interior como en el exterior de la vivienda. De animales sacrificados o pescados enormes o extraños.

 

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En cuanto al techo, una maravillosa obra de ingeniería, fijaros bien en la imagen.

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Aunque conserva su sabor, no hay duda de que es más una atracción turística que otra cosa. Sus calles están repletas de tenderetes vendiendo piedras, abalorios y sobre todo, telas.

El guía que te asignan en la entrada te lleva a las tiendas de su familia, y te aseguro que hasta que no compres algún tejido, tú del poblado no sales. Pero no importa, no son caras  y su colorido es una auténtica pasada.

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El guía, plantado en mitad de calle para que no escapemos sin comprar
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Desde luego artesanal sí, al menos las pulseritas

Aprovecho para comprar un sarong por si tengo alguna boda cuando menos lo espere, como suele ocurrir. Además, viendo imágenes como las siguiente, ¡cómo vas a pasar de largo!

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Lo mismo te venden niñas, que jóvenes o ancianas

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Para finalizar la gira visitamos un par de sitios de cerámica. Hay tres estilos bien diferenciados. El primero es terracota cocida, sin más, normalmente piezas enormes, sobre todo jarrones, sin color ni decoración alguna salvo a veces, tela o junco enrollados.

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Vasijas recién modeladas

La segunda la forman piezas, también grandes, con decoración vegetal en color celeste, realmente agradables a la vista. La tercera, por el contrario, son piezas muy alegres, pequeñas, muy variadas y pintadas a mano con gran relieve. Lo más curioso, los utensilios empleados para realizar la decoración pictórica.

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No utilizan pinceles para aplicar el color sino estos cucuruchos de papel, como si de una manga pastelera se tratase. Y para que no se salga la pintura, una pinza de escritorio es suficiente.

Día largo. Mañana nos toca el norte, promete ser largo también. Cansada pero contenta, así que me despido canturreando:

Vamos a la cama, que hay que descansar,

para que mañaaana, po-da-mos maa-druu-garrr.

 Buenas noches.

 

 

 

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