El difícil arte de darse una ducha en medio de la naturaleza. ¿Te has planteado alguna vez  tu vida por el paso de un sepelio o el apretar de una mano desconocida?

… A las 6 de la mañana, la única que queda tumbada soy yo y la algarabía es total, así que decido levantarme.

-Buenossss díassss, ¿quieres darte una ducha antes de desayunar? me preguntan con una gran sonrisa.  –Sí, por favorrrr, estoy pringaitaaaa. Cojo mi jabón y mi toalla y salimos a la calle.

Llegamos a un cuadrado de cemento en medio de la naturaleza, donde se encontraba un pozo y una pared de cemento en forma de U de algo menos de un metro de altura. ¿Es ésta la ducha? Claro, ¿no lo ves? Pues, hombre, verlo, verlo, no lo veo, pero no importa, necesito una ducha, así que cojo la cuerda atada a un bote de plástico cortado por la mitad y saco agua del  pozo. No quiero ni pensar lo helada que debe estar.

Me pongo detrás de la U, me queda algo baja la tapia. Bueno, somos todas mujeres, nadie se asustará. -No, no, no -se espantan. Ponte en cuclillas, envuélvete con el pareo y lávate después por debajo del mismo.

¿Hacer todo eso en cuchillas? Por mucho que intentaba bajar, un desastre, se partían de risa, así que decidieron coger otro pareo entre dos para taparme. Gracias chicas, así, de pie y con las dos manos, más fácil.

Cojo ahora mi cubo con agua y me lo empiezo a volcar. Nuevo griterío y risas. -No, no, no, coge el cazo, no te eches toda el agua de golpe, y agáchate, te has de lavar en cuclillas para que no te vean si pasa algún hombre. -Ah perdón, creí que me íbais a seguir tapando.

¿Cuclillas y malabares con el pareo? Tendría que practicar algunos meses más para conseguirlo, así que deciden seguir cubriéndome y yo opto por desembarazarme del dichoso pareo y ponerme de rodillas. El jolgorio fue general. Sólo me faltó al fotógrafo de marras.

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En el centro el pozo. Al fondo, alguien en cuchillas “ha abierto el grifo de la ducha”

Pero no importa, no siento sensación de ridículo. ¡Más me vale!. Y he de reconocer que la ducha, en medio de la calle y con una vegetación tan exuberante alrededor, fue una impresión única, un auténtico placer de dioses. En cuanto al agua, con una temperatura de 28 grados a las 6 de la mañana, ni que decir tiene que de helada, poco, incluso templadita.

Bien, pues nos vamos ya a desayunar. Tenemos bollería que trajimos ayer y, cómo no, arroz frito que alguien ya tuvo la deferencia de preparar. Pero a continuación todas vuelven a la cocina…

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Resulta que no, que eso era sólo el tentempié, el desayuno lo empezaríamos a preparar ahora… Dos horas de reloj, todas en corro en cuchillas, excepto yo claro, que ya bastante era estar sentada en el suelo tanto rato sin partirme (ahora entiendo por qué no encuentro por ninguna tienda delantales).

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Pelamos y troceamos plátanos recién cortados del árbol, desgranamos maíz, cocimos huevos y más arroz… Lo más curioso fueron las judías verdes, como las nuestras sólo que casi de un metro de longitud, increíble. Todo esto, evitando mirar la pileta de anoche, claro.

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Los plátanos más comunes son así de pequeñitos, dulcísimos pero muy difíciles de pelar si no están bien maduros. Para éstos me hube de ayudar con ese cuchillo rectangular que debe ser muy común también pero algo complicado de dominar

Con lo poco que me gusta la cocina, si tuviera que hacer esto a diario, creo que terminaría en el psicólogo con un ataque de ansiedad. Sin embargo, ellas me explican que aquí, preparar la comida es algo así como hacer el cafetito con las amigas, es el momento de reunirse y charlar. Curioso.

La conversación gira en torno al origen de nuestros nombres, hasta que toca mi turno y, por alguna mirada, intuyo que meto la pata. Por segunda vez, entramos en tema tabú al explicar quién fue Mª Magdalena antes de conocer a Jesús.

A las 12,30 del mediodía por fin empezamos a desayunar, todos sentados en el suelo del salón. Sinceramente, todo un festín la cantidad de platos de comida en el centro y la camaradería de la gente. Pasé de arroz y sopa de verduras calentita por motivos obvios y me contenté con pescado y huevo duro.

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Como el plan era salir hacia el poblado de los Kajang a las 11, a las 10,30 ya estaba vestida con mis leggins negros y mi camiseta negra de manga larga, por lo que, a aquellas horas, los efectos de la paradisiaca ducha ya habían desaparecido. Como muchos, después de la comida retocé en el gazebo de la entrada, con los pollos y las gallinas merodeando alrededor, quién me lo iba a decir, a mí que se me erizan los vellos sólo con verlos, debía ser la laxitud, que me afectaba también el cerebro.

Fue entonces, en una escena de no más de 15 segundos, cuando mi mente comenzó de nuevo a bullir. Todas esas frases bonitas de los post recibidos por wassap sobre lo que es o no importante en la vida, se materializaron en un instante ante mis ojos.

Pasaron por delante dos grupos de mujeres cogidas del brazo, ataviadas como siempre, con un simple sarong y unas chanclas. Las saludé y no contestaron ni sonrieron, casi ni me miraron, qué extraño, será que ya dejé de ser una atracción. Aún así no era un comportamiento normal, la sonrisa y la educación rara vez fallan en un indonesio.

Un minuto después pasaban varios hombres, con similar indumentaria,  portando unas parihuelas de bambú sobre las que reposaba el cuerpo inerte del vecino fallecido el día anterior, cubierto por un sudario de  burda tela.

Quizás por primera vez en  mi vida me planteé de verdad si la sociedad que me rodea, siempre ansiosa de nuevos lujos, es la mejor. La sencillez y pobreza del sepelio me impactaron mucho más que si del de un rey se tratara. “Sin nada vienes y sin nada te irás”.

¿Habría salido esa persona de aquella calle alguna vez en su vida? ¿Habría conocido a más gente que no fueran sus pocos vecinos? ¿Habría tenido alguna otra actividad que no fuera trabajar de sol a sol para obtener un poco de alimento? ¿Habría deseado cambiar su destino? En definitiva, ¿habría sido feliz?

¿Podría ser yo feliz con esa vida? ¿Necesito todo lo que tengo? ¿Necesito todo lo que deseo? Me iré tal vez en un ataúd más lujoso pero al mismo sitio y con las manos igual de vacías.

En estos pensamientos andaba cuando comienza el bullicio de nuevo, parece que por fin nos marchamos. No vamos mal, sólo 2,30 horas de retraso, ya empiezo a aprender a disfrutar de esa inoperatividad del reloj.

Lo que más me alegra es no tener que volver a descalzarme para entrar en cualquier lugar. ¡No sé cuántas veces hube de hacerlo! Para mí es todo un arte cómo se quitaban las sandalias sin detenerse siquiera. Yo me tenía que parar, agachar, apoyar en la pared, dar saltitos para no quemarme con el suelo ni caerme… Me miraban con caras de desconcierto y diversión. ¿Por dónde va ya mi sentido del ridículo? Perdí la cuenta.

Nos despedimos, uno por uno, de la jefa del poblado, y me estremece cómo me coge del brazo y no me suelta, cómo me mira dulcemente con una sonrisa. Era ese tipo de mirada que dice, ya no te veré más. Vuelven mis pensamientos, ¿alguna vez habría soñado con una existencia distinta? Esa es la sensación que me da.

Cuando por fin me suelta, es para buscar al fotógrafo. Yo digo, ah, ¿foto con la buleh? Carcajada general por denominarme a mí misma “albina”.

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Jardín de la jefa del poblado: La bola de detrás no es una escultura contemporánea, sino una bomba. Imagino que en alguno de los conflictos armados caería en las inmediaciones

Posamos. Ahora ya no sonríe y soy yo quien no la suelta del brazo. No sé por qué siento una gran pesadez interior.

Me hubiera gustado llevarla conmigo… Enseñarle otros lugares, otras costumbres, otra forma de ver la vida… proporcionarle todas las comodidades que posiblemente ni siquiera habría imaginado que existieran…

¿Lo habría ella deseado también?

¡Quién sabe!

 

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