MI PRIMERA BODA MUSULMANA:  Se trata de una familia humilde, pero no importa el nivel económico, el día de tu boda te conviertes en rey.

 

Es mi segunda boda en Indonesia, la primera musulmana. Llevo muy poco tiempo aquí y tengo mucha sed de conocimiento, así que estoy encantada.

Santi, la chica que trabaja en casa, me ha invitado a la boda de un familiar, aunque con mi conocimiento del idioma, no me he enterado de la relación exacta. Dos de mis amigas indonesias me dicen que no es necesario que vaya, que haciéndole un pequeño regalo económico es suficiente, sobre todo teniendo en cuenta la diferencia de nivel social.

Siempre me ha fastidiado eso de los niveles sociales, sobre todo teniendo en cuenta que, por una parte,  nosotros no nacimos en cuna de oro y por otra que, si seguimos trabajando es porque demasiado en la cúspide tampoco debemos estar, así que, si a eso le uno el hecho de que ella insistió durante tres días, decidimos acudir.

Me coloqué mi mono de los chinos, que ya empieza a ser una especie de uniforme y, como ya tenemos experiencia de que la puntualidad no suele ser una de las virtudes indonesias, llegamos unos 20 minutos tarde.

Había unas tres o cuatro señoras mayores, ya preparadas en sus sillas y una media docena de chicos sobre sus motos, en vaqueros. Nos miraron como si de espectros se tratase. Mostramos nuestra invitación para confirmar que era el sitio adecuado. Inmediatamente salió Santi a recibirnos. Con un pareo de trabajo. ¿Era hoy, no? Sí.  ¿Era a las 10, no? Sí. ¿Hay algún problema? No. A ver si ha cambiado la hora sin enterarnos. Son las 10,25 ¿no? Si. Es que estamos fregando los cacharros. ¡Ah!.  Sentaos y esperad. ¡Gracias!   ¿¿¿???

Una veintena de sillas habían sido colocadas ante la casa, dentro de una pequeña superficie cuadrada rodeada y cubierta con tela sencilla, tela que no llegaba a ocultar por completo la basura acumulada al otro lado. Eso sí, en la parte trasera había un piano electrónico con unos altavoces gigantescos. En el frente, un minúsculo escenario con un sillón corrido vestido de llamativos colores.

No entendíamos qué estaba ocurriendo. Las mujeres jóvenes seguían fregando cacharros en cuclillas sobre el suelo.  Después de unos minutos nos hicieron entrar en una pequeñísima habitación con paredes sin enlucir y nos agasajaron con comida mientras un montón de gente de pie nos miraba. ¡Hacía tiempo que no me sentía tan cohibida! Entonces nos dijeron si queríamos hacernos una foto con el novio. ¡Por supuesto! A las fotos sí que estábamos acostumbrados, suponía un pequeño escape.

“Yo me voy a bañar y a amamantar a mi bebé. Vosotros id yendo a casa de la novia. Seguid a estos chicos en la moto”. Así que allá que nos fuimos. La casa de la novia estaba algo más organizada. Los invitados ya estaban sentados en su pasillo. En un lateral había una tarima con un banco corrido también muy decorado. Nos sentaron justo al frente y nos ofrecieron dulces. Se escuchaba una voz por un altavoz, pero obviamente no sabíamos qué decía. Al ratito nos dijeron de coger comida de la mesa bufet. Así lo hicimos.

Por fin salen los novios. Daba un poco de cosita. La calidad de las telas de los trajes era más o menos como la de nuestros disfraces, y por favor, por favor, no estoy tratando de ofender, todo lo contrario. Además hay que reconocer que, sobre todo el traje de la chica, mucho más elaborado, queda estupendo.  Se colocan en el sillón ornamentado y nos indican que subamos a hacer una foto. A continuación lo hacen el resto de familiares. Nos sentimos halagados por esa deferencia de ser los primeros.

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Esta imagen es para que os fijéis en el decorado donde se recibirán las felicitaciones de los invitados. Será una boda humilde, pero la decoración parece de reyes.

Santi, con la que me entiendo, más por señas que otra cosa, sigue sin aparecer, y nadie habla inglés para explicarnos cuándo empieza la boda. En esto observamos que la gente, una vez acabado su plato, empieza a irse. Nos damos cuenta de que no es que tuviera que empezar, sino que ya había terminado. Dedujimos entonces que aquella voz de la megafonía debía haber sido la ceremonia y que una pequeña habitación llena de gente que vimos al servirnos la comida, debía haber sido el lugar del enlace.

Nunca mejor dicho, me sentí compuesta y sin novio. Pero no por eso desilusionada. Siempre hay un algo que te llama la atención y siempre hay un mucho que aprendes.

Por lo distinto a lo conocido y lo llamativo de los trajes y el tocado, ya mereció la pena. Además,  la novia llevaba la cara maquillada de blanco y enmarcada por una franja negra de unos dos dedos de ancho, haciéndole pico en la frente. Lo he observado anteriormente en algunas fotografías. Me recordaba a la imagen de la madrastra de Blancanieves. Parece ser que es una tradición antiquísima de la que habré de averiguar más.

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Igualmente, algun día averiguaré por qué Santi ya no volvió más a trabajar en casa. Al día siguiente de la boda se excusó diciendo que estaba cansada, cosa que entendí. Al siguiente vino pero a la media hora dijo que debía irse porque su hijo estaba enfermo y lloraba, también lo entendí, y ya… hasta hoy. Ni tan siquiera respondió a mi sms preguntando por la salud del niño. Teniendo en cuenta que una semana antes había dicho que estaba contenta en la casa, no termino de pillarlo.

¿Tal vez el regalo económico que hicimos no fue suficiente? No lo creo, mis amigas indonesias dijeron que era más que adecuado. ¿Tal vez no presentamos nuestros respetos a los mayores de la familia? Quizás, no sabíamos en ese momento que debía hacerse. ¿Tal vez no le gustamos a su marido? No creo, él la traía a diario a trabajar y nos veía. En fin, lo dicho, algún día, cuando conozca mejor la manera de pensar de los lugareños, tal vez lo averigüe.

Pero aprender, claro que aprendí. Y algo muy importante. ¿Necesitaban más lujos en la ceremonia para ser felices? No, claro que no. ¿Es eso poco para aprender?

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