TANA TORAJA III: RITOS FUNERARIOS

Turistas de todo el mundo vienen a ver los funerales, descúbrelos tú desde aquí. ¿Están muertos o no están muertos?  ¡Costumbres ancestrales que te dejan boquiabierto!

Ocho en punto de la mañana. Ya estamos de nuevo en ruta. Hoy toca funeral y enterramientos. Pero, para entrar en situación, expliquemos un poco antes:

Como ya he indicado, la riqueza de la familia se demuestra en los entierros. No hay fiesta demasiado significativa para un bautizo o una boda, pero cada familia se pasa  la vida ahorrando para poder ofrecer a sus difuntos unas buenas exequias. (Y,  creedme, nada que ver con esa contribución mensual que nosotros hacemos al Ocaso).

Si una familia es humilde, dos días de celebración son más que suficientes. El primero para recibir a los familiares y amigos, y el segundo para el acto en sí, en donde se sacrificarán tal vez dos o tres cerdos.

Sin embargo, los días se incrementarán en tanto en cuanto el nivel económico lo permita, e igualmente el número de animales sacrificados, que ya no sólo serán cerdos sino también búfalos.

Hasta 200 búfalos nos comentaban que habían sacrificado no hacía mucho en una celebración. Teniendo en cuenta que el coste por unidad está entre 1800 y 4800 euros, es una MI-LLO-NA-DA. Y si además atendemos al sueldo medio de un obrero, que se sitúa entre 150-300 euros al mes, ya ni cuento.

La mayoría de los funerales son durante los meses de julio y agosto. ¿Es que fallecen más en esta fecha por algún motivo? No. Hay dos motivos: o bien no les llega el dinero y tienen que esperar hasta ahorrarlo o bien esperan hasta que puedan llegar los familiares que viven en otros lugares, que suele ser en las vacaciones estivales.

Y qué hacen mientras tanto, os estaréis preguntando. Pues aquí viene lo fuerte: el difunto sigue en la casa como si nada hubiese ocurrido. ¿Qué, cómo se os queda el cuerpo?

Efectivamente, una persona puede fallecer y llevarse MESES sin enterrar. Como lo digo, meses. Un especialista le inyecta un conservante para evitar la descomposición y sigue en su habitación como si estuviera descansando. Pero no se queda aquí la sorpresa:

Ante la casa se pondrá un paño blanco a modo de bandera para indicar que dentro hay una persona “enferma”. Jamás se dirá que está muerta hasta que no se oficialice con la fiesta, para que los malos espíritus, si se enteran, no vayan a por él.

Si vas a visitar a la familia, tienes que saludar al “enfermo” y es de buena educación ofrecerle algún regalo, normalmente cigarros. A las horas de la comida, se le pondrá también su ración  y al marcharte, has de despedirte asimismo de él.

Si no vas de visita pero con esa hospitalidad tan tremenda que todos tienen, te invitan a entrar en la casa, date por contento, porque es todo un honor que te lo ofrezcan. Nosotros pasamos por una casa con “estandarte”, pero como ese día estaban todos en el otro funeral, no nos lo ofrecieron, gracias a Dios.

Bien, pues sabiendo todo esto, llegamos a las cercanías de la aldea donde ese día tenían fiesta grande, no sin antes parar a comprar un par de cartones de tabaco como regalo preceptivo a la familia. No dejó de llamarme la atención, al lado de la tienda, otra que vendía ataúdes y, como si de cualquier otro negocio se tratara, los tenía expuestos en… la calle.

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Entonces me percaté de que no era la primera tienda de este tipo que habíamos pasado, sólo que en las otras, las cajas expuestas eran atípicas, de formas redondeadas y tan bonitas y coloridas que no me dí cuenta de lo que realmente eran. Las rayas de vivos colores celestes y amarillos de la fachada, la verdad, también despistan un poco a la hora de identificar el tipo de negocio.

Nos indicaron que no se podía acceder hasta la aldea en coche, por toda la movida. Así que lo aparcamos y subimos a pie por una cuesta de tierra bastante empinada que parecía no tener fin. Menos mal que estaba ahí mismo, porque tardamos como media hora en llegar, con un sol que ya apretaba a rabiar. Yo ya empezaba a pensar, con la lengua fuera y la camiseta empapada, si la fiesta no iba a ser, finalmente, también en mi honor.

Atravesamos una calle igualmente de tierra, con casas a ambos lados, hasta  encontramos con lo que nosotros llamaríamos la plaza del pueblo, es decir, una zona con una o varias casetas de madera donde los vecinos se reúnen para sus asuntos.

En su centro se erigía una alta torreta de bambú y madera, a imagen de casa tradicional aunque mucho más pequeña, en cuya parte superior se hallaba colocado el féretro y una fotografía del difunto. Sólo los familiares más cercanos podían acceder arriba. Frente a la torreta, el árbol sagrado que nunca puede faltar, y a su sombra, hojas de cocoteros y palmeras que cubrían restos de animales ya sacrificados.

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Detalle de la zona que contiene el féretro. Aunque sólo se aprecia un extremo del mismo (la parte pentagonal) se puede imaginar la belleza del resto. Colgados ante él,  se encuentran cinco keris, cuchillos ceremoniales usados tanto por hombres como por mujeres, que pasan de una generación a otra, y que pueden llegar a ser verdaderas obras de arte.

 Muchísima gente por todas partes, unos de pie, otros sentados en el suelo. Los más afortunados se habían descalzado, como es habitual, para sentarse al estilo indonesio (en el suelo) dentro de una de las múltiples casetas.

Sobre todo se veían hombres,  vestidos con la sencillez habitual y alguna prenda negra, ya fuera el pantalón, la camisa, o un simple y típico sarong, que en el fondo no es más que un trozo de tela rectangular.

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Todos comían algún que otro tentempié y bebían agua, té, o un licor de palma muy popular en la zona servido en vasos que no eran otra cosa que cortes de bambú. Enseguida nos ofrecieron bebida también a nosotros.

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El tabaco no puede faltar

A pesar de que el guía nos iba asesorando, no teníamos muy claro qué debíamos hacer, así que nos limitamos a observar: Bajo la torreta un maestro de ceremonias, micro en mano, recitaba, cantaba o retransmitía lo que estaba ocurriendo.

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El maestro de ceremonias junto a un altavoz que para sí lo quisieran muchas salas de fiesta. También vemos a varios turistas, con cara más compungida que los propios lugareños. Y es que no es lo mismo para nosotros un funeral

En la entrada de la caseta reservada a la familia, decorada con telas, había mujeres y niñas vestidas con el colorido traje tradicional.

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De repente llegaron varios hombres  portando, en parejas, cañas de bambú de las que pendían cerdos vivos bien atados. Los depositaron en el suelo, ante las casetas y leyeron de quién era regalo cada uno de ellos, marcando sus iniciales  sobre el animal con spray blanco.

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Allí estuvieron un buen rato expuestos hasta que volvieron a recogerles. En ese momento, no sé si por lo incómodo de la postura o porque ya se veían venir su futuro, los gruñidos casi dejaban de impresionar para dar pena. Su futuro, efectivamente, era ser sacrificados en una calle lateral, donde posteriormente les quemaban el pelo con un soplete.

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¿Véis? Tampoco es tan inhumano. Les tapan si van a estar mucho rato a pleno sol. Porque para calor el que luego pasarían con ese soplillo “depilador”. Menos mal que ya no se enteran. ¡Pobres!

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¿Cruel? Pues no sé, a ver, no se puede criticar. Porque para nosotros donde se ponga una patita de jamón o unas chuletitas… Y eso de que no es lo mismo ver la bandeja ya en el super, no exime de culpa, sorry.

No dio tiempo a pensar mucho en ello porque un grupo de hombres bastante numeroso, se dispuso en círculo para bailar y cantar. Son amigos, familiares o personas contratadas, ya que creen que este cántico, y cuanto más largo mejor,  ayudará al difunto a subir más deprisa a los cielos.

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Terminada la canción, nos dimos cuenta que nuevos cerdos habían sido colocados en el lugar de los anteriores, mientras que los que ya pasaron a mejor vida, estaban siendo colocados bajo el árbol sagrado.

Con una destreza que intimidaba, tres hombres abrieron en canal a los animales y con las manos sacaron todo su interior.  Pero aún quedaba algo más. Esta carne se repartía entre los invitados, dependiendo de la categoría de los mismos les tocaba una pieza u otra. Se supone que se la llevan a casa y por la noche se vuelven a reunir para asarla y comerla.

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El trozo sobre el cerdo, para los porteadores

Ya sé que parece tremendo pero, realmente, no deja de ser lo mismo que una matanza. A los que tienen menos de “taitantos” años, ¿hay que explicaros que la carne no sale directamente del supermercado?

¿Asco, impresión? Sinceramente, yo pensaba que ambas cosas me darían, porque yo soy de las que no han pisado el campo más que para coger margaritas, pero no. Debe ser que con los años una se va curtiendo.

Tampoco me dio tiempo a pensar mucho sobre esto en el momento, porque la comitiva de invitados principales se puso en marcha. Recorrieron el recinto para terminar entrando en la caseta principal.

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Guiados por la persona más importante de la comunidad, que a menudo suele coincidir con la más anciana, la comitiva parece no tener fin. Como en toda gran ceremonia, el cámara profesional no podía faltar.

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A continuación, por el lado contrario apareció, acompañada por algunos músicos, la comitiva familiar.

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Es común ver a los hombres con bolsito. Sirve para llevar pequeños obsequios. Son artesanales y aunque el dibujo suele variar, todos tienen el mismo diseño.
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Las mujeres portan comida, que nunca debe faltar. Muchas familias gustan de vestir igual para las ceremonias (no sólo en los funerales).

Es tiempo para charlar, comer y fumar, mientras un cambio de cerdos nuevamente se repetía, así que decidimos marchar ya, teníamos aún mucho que ver.

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Fijaros en los carteles de detrás. Es el equivalente a nuestros ramos y coronas. Letras y adornos están elaborados con florecillas de papel. También se utilizan en otras celebraciones (bodas, aniversarios de empresa etc.)

Y, al  girarnos, ¡me doy de bruces con una amiga de la infancia de una de mis chicas! ¡En España vivimos a diez minutos pero llevábamos siete años sin vernos. ¡Y nos vamos a encontrar en la otra punta del mundo! Si es que no se puede salir de tapadillo, y sobre todo, ¡con estos pelos!.

Hale, pues para despedirnos de todos, tomemos un traguito del licor de la zona.  En “vaso”  típico (un corte de bambú). Recordemos que esta comunidad es cristiana y por tanto, el alcohol es lícito.

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Hay que probar de todo… ¡Madre, qué fuerte es! .  Parece al pelo la frase de:

“ESTO RESUCITA A UN MUERTO”.

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