Tana Toraja II: Conoce la sorprendente arquitectura de sus casas, únicas en el mundo.

Partimos a conocer las casas tradicionales. Sentía muchísima curiosidad por verlas in situ. ¡Y merecía la pena!  Son de madera, construídas sobre pilares. Hasta ahí todo normal. Lo que las hace únicas son sus techados. Unos opinan que en forma de barco phinisi, otros que asemejan astas de búfalos.

Lo cierto es que no sabes a quién dar la razón, ambas cosas pudieran ser. Si a ello le sumas la colorida decoración de sus fachadas (tonos y motivos son muy semejantes en todas ellas) y, en el caso de las familias ricas, las cornamentas dispuestas en la fachada (cuantas más, más pudiente es la familia), el resultado es sorprendente.

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Vista de un poblado con casas tradicionales, si bien, en este caso, fabricadas con materiales modernos. Como curiosidad: las casas tradicionales no pueden ser vendidas, son transmitidas de generación en generación y en cada una suelen vivir varias familias del mismo tronco

Nos explicaron que no todas eran viviendas. Normalmente se  disponen en dos hileras paralelas con un paseo central pero, mientras que las de un lado sí que se habitan, las del otro, más pequeñas, son utilizadas como graneros. Te das cuenta entonces de que éstas no tienen escalera de acceso. En su lugar utilizan un tronco de quita y pon con unas melladuras. Entre ambas hileras, cerrando una U, hay otra edificación, es en la que se reúnen todos los vecinos cuando hay algo que celebrar o discutir.

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Aspecto de un poblado tradicional

 

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Una casa, reconocible por su acceso y las cornamentas de la fachada

 

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Granero, sobre pilotes, en cuya parte inferior se deja secar el grano antes de almacenarlo

 

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Detalles de la decoración de las fachadas con motivos geométricos típicos de Toraja. Madera ligeramente tallada y policromada (tonos color tierra, naranja y negro).

 

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El gallo, símbolo de prosperidad, no suele faltar.
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Observamos en la fachada la cabeza de un dragón. Sabemos por ello que la casa pertenece a una familia de origen chino

Fijémonos ahora en los 3 tipos de techumbre: en la primera de las siguientes imágenes apreciamos gran contraste entre la más antigua y barata, de ramas, y una moderna, de teja o uralita. En la segunda, la más tradicional y llamativa, de bambú y fibras vegetales.

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Tuvimos la oportunidad de entrar en una de las casas: Habitaciones diáfanas. Muebles y enseres, los justos e imprescindibles.

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Cocina minimalista. En la imagen: Cocina, fregadero, tabla de trabajo y extractor. “Todo en uno”. A mí con eso hasta me sobra

A veces me siento con algunos centímetros de diámetro de más, pero nunca más que allá. Mirad el ancho del hueco de acceso al dormitorio. ¿Es cosa mía, o eso no es normal? Además, veréis que no está al nivel del suelo, por lo que para traspasar el umbral tengo una doble dificultad, la de la subida. Un grupo de turistas locales que salían decidieron esperar a ver el espectáculo de si era capaz o me tenían que dar el empujoncito. Hay que j.., esto.. tomárselo a buenas.

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En cuanto al tamaño de la ventana, ante la que además tenías que arrodillarte para asomar la cabeza…, ¡lo más parecido al sentimiento de estar a punto de guillotina!

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El número de cornamentas de la fachada, correspondientes a los bueyes sacrificados durante las ceremonias funerarias, indica el poder económico de la familia. No quiero pensar la riqueza de la familia dueña de la siguiente vivienda.

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Aunque, por muy tradicional que sea el poblado o la casa, no se pueden evitar algunos detalles modernos

Entre poblado y poblado paramos para comer. Restaurante muy étnico, preparado para turistas, ni un solo nativo en él más que los empleados. Atestado. Después de dos horas de reloj sin ser servidos, decidimos marchamos. Tener paciencia es algo a lo que aprendemos en Indonesia, así que la marcha no es tanto por estar hartos, que también, sino porque a las 6 de la tarde anochece y ya no se puede ver nada más.

Ahora sí que se apresuraron, y antes de llegar a la puerta nos llamaron enseñando el plato. La pinta de la carne era tremenda, además solomillo de porquiño, que en Makassar ni lo olemos. La boca, rauda, se hizo agua, pero el orgullo, es el orgullo.

El guía no sabía cómo excusarse. Le dijimos que no era su culpa.  -Al menos vosotros habéis comido, exclamamos. Pero no. Parece ser que ellos comen gratis pero una vez que el turista tiene el plato en la mesa, y como no era el caso, pues en ayunas también. Ahora éramos nosotros los que pedíamos perdón. Además, si lo llegamos a saber hubiera sido la excusa perfecta para dar marcha atrás sin herir nuestra dignidad y zamparnos ese solomillo a la piedra que quitaba el “sentío”.

Se siente tan mal el guía que, tras unos minutos en el coche nos comunica que ya habló con su mujer y que, en cuanto terminemos la ruta, iremos a su casa para comer, que ella lo tendrá ya todo preparado para que no tengamos que esperar. Madre mía, ¡ahora sí que nos quedamos de piedra!

Pero esta reacción no es sólo porque se sintiera culpable. Esta es la hospitalidad indonesia. Nos lo han demostrado ya muchas veces.

Lo agradecimos infinito pero, naturalmente, declinamos la invitación. Aun así, no quedaba tranquilo, así que paró a comprarnos plátanos, no sé cuántos, tal vez dos docenas, los justos quizá para estar seguro de que no quedábamos con apetito.

Así, entre sofocos y risas, apuramos las dos últimas horas de luz disfrutando de unos paisajes fantásticos. Hay que acostarse pronto, mañana volverá a ser un día largo, y…

 lo más sorprendente,  aún está por llegar.

 

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