Dos lugares para pasar un buen domingo. Descubrimos LEANG LEANG, nuestra pequeña Ciudad Encantada, y BANTIMURUN, donde admirar mil mariposas y darse un buen chapuzón en su cascada.

En el post anterior hemos visitado Ramang Ramang. Seguimos con la ruta programada y nos dirigimos ahora hacia Leang Leang. 

Es un sitio algo más turístico, al menos turismo local, así que en la entrada ya no se conforman con una propina, hay que pasar por taquilla. La diferencia de tarifa para locales y extranjeros es abismal. De unos cuantos céntimos para ellos a 20 dólares para nosotros, precio del todo desorbitado para esta isla. Afortunadamente, enseñamos nuestra documentación de residentes y, aún a regañadientes, pagamos tarifa local.

Me recordó un poco a la Ciudad Encantada de Cuenca. No demasiado grande pero, muy bonito y sorprendentemente organizado y limpio. Como si de esculturas contemporáneas se tratase, podías deleitarte con grandes rocas dispuestas sobre un césped bien cuidado. 

 

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Escarpadas montañas circundaban parte del recinto y de algunos salientes emergían estalactitas que, en algunos casos, imitaban formas grotescas o maravillosas. Y si no, fijaros en el “caballo”.
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También aquí había varias localizaciones de pinturas rupestres, de nuevo manos, pero habíamos de subir escalones mil cada vez para contemplarlas. Las puertas de acceso estaban cerradas. ¡Eureka! Podríamos dejar la subida para otro día, que ya flaqueaban las piernas, pero… ¿por una vez podría NO haber sido este pueblo tan amable? ¡Un señor nos acompañó a varias de ellas,  abriendo las cancelas para nosotros!
 
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En resumen, sitio cuidado como no muy a menudo se encuentra, y de preciosas vistas, ideal para llevar la tortilla y pasar el día. 
 
Retornamos al coche para dirigirnos al último lugar a visitar, Bantimurun, en el que ya hace más de un siglo que un naturalista, Alfred Wallace creo recordar, realizó estudios documentando nuevas especies de mariposas. Famosa por los centenares de específenes que se te cruzan y posan, sobre todo allá por Febrero. 
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 Dado el tamaño de algunas de las del museo de la entrada, no sabía yo si iba a ser muy agradable, a fin de cuentas, las alas son una pasada, pero el bichejo es “asqueroset”.
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Después del barro, ya que me echaran lo que fuera, que estoy hecha una campeona. La temperatura había descendido un poco, es más, para contrarrestrarla, minutos después nos cayó una chupa de agua encima, una bueeena chupa, y el paraguas en casa, como suele ocurrir en estos casos.

 
Se ve que no hemos sido los primeros. Empezaron a aparecer personas ofreciéndonos el alquiler de paraguas. Es la primera vez en mi vida que veo algo así, lo normal es que te los vendan. Alquilamos, por supuesto, uno grande para dos, pero la sorpresa no quedó ahí, sino que la chica que nos lo alquila, nos quiere ir tapando. La convencimos de que no hacía falta, aún así nos acompañó todo el trayecto, supongo que para asegurarse de que no nos lo llevábamos, aunque para salir había que pasar por una cancela, bastaba con esperar allá.  
 
De las mariposas ni asomo,  claro, que los guiris para estar en la calle con sol o lluvia no son ellas, sino nosotros. En fin, al menos vimos la cascada, muy bonita, desde la que la gente se deslizaba en neumáticos, sin ningún sistema de seguridad, por supuesto, a pesar de la fuerza del agua y de las rocas salientes en el cauce. Desembocaba en unas piscinas naturales, chulas si no fuera por el agua marronceta debido a los arrastres de la lluvia, y porque estaban petadas de gente, a las que no les importaba mojarse por partida doble.
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Una pequeña muestra de la cascada. Esperemos acertar la próxima vez en la fecha para  que no nos diluvie y podamos captar mejores instantáneas
Pegado a la ladera de la montaña y prácticamente sobre el río, había un precioso paseo, aunque en un día así, se hizo interminable. Ese aspecto romántico de “Cantando bajo la lluvia”… película, creedme, película. El paraguas que alquilamos pesaba ni te cuento, como para andar con bailecitos!!!
 
A todo esto, con el calor, las “emociones” y la lluvia, ni acordarnos de comer. Son las cuatro de la tarde y hemos salido a las siete de la mañana. Oteamos en derredor para esa cervecita de ir haciendo boca, pero como que no, a pesar de todos los domingueros, por ningún lado huele a tortilla ni a filete empanao.
 
Así que, como no parece que el agua vaya a amainar y ya empieza a oscurecer un poco (que aquí a las 6 ya es de noche, o antes si el día está de lluvia) cogemos el camino a casa, no sin prometer regresar. El sitio lo merece y nos queda pendiente ver las mariposas vivas, que en definitiva era el objetivo,  y también terminar el paseo por el que parece ser que atraviesas una cueva, a oscuras si no llevas tu propia luz, para llegar a la tumba de un antiguo alto dignatario. Eso sí, casi mejor en Febrero y no en fin de semana porque hay bastante turismo local.
 
Pero, ir alguna vez directos a casa, en este país, es raro. Si pasas cerca de la casa de algún familiar del chófer o de alguno de los presentes, tienes que parar, y la hermana de nuestra amiga vive por ahí. Así que paramos. Es muy común tener el negocio en la planta baja y la vivienda detrás o encima. Nos recibe en su tienda de muebles. Como es obligado, obligadísimo, hay que descalzarse en la entrada, pero la verdad, no sé qué está peor si la suela de la sandalia o mi pie embarrado y enjuagado en un charquito gris…
 
Si algo bueno hay por estas tierras, es la hospitalidad. La comida es lo primero que te ponen por delante y, es obligado, obligadísimo, aceptar, aunque sea un simple bocado. Llegado ese momento, una siempre tiembla, porque aunque no estaría mal una tapita, la ensaladilla rusa seguro que no toca ese día. Hay dos opciones, que te ofrezcan comida con sambal, la salsa que te quema hasta las entrañas, o la superdulce que, puestos a elegir, mejor, mejor…
 
Nos toca, menos mal, la dulce. Es un postre típico, que ya habíamos probado antes, pisang hijau, (traducido, plátano verde y es verde por dentro, sí señor), acompañado con una salsa gelatinosa roja con hielo picado. La primera vez que lo ves, te quedas paralizado (el color, la textura…), es algo extraño, pero se deja comer.
 
Aunque,  si no es una sorpresa, es otra: nos dejan solos a mi marido y a mí comiendo en la tienda, y nuestra amiga y su hermana comen en la trastienda… Doy gracias por haber nacido en otra cultura, hubiera llevado muy mal ese segundo plano de la mujer, y si no que se lo pregunten a  mi madre, las veces que me tocaba bronca porque quería igualdad con mis hermanos a la hora de ayudar en casa!
Llegamos por fin al hogar, bastante cansados y, tras una larga ducha, porque el barro no salía ni a tiros y en la lavadora no cabíamos, decidimos que cocinar mejor otro día. Unos cereales y a la cama flechados.
 
Al despertar, como no hay mal que por bien no venga, y el ejercicio y el casi ayuno del día anterior han de tener su recompensa, me dirijo ilusionada a la báscula y… no he perdido ni un solo gramoooo! Ni con la sauna de casi 40 grados, ni con el jogging y el step (que suena más fino que caminata y subida de escaleras) ni con el ayuno. ¿Es esto justooo? 
 
¡Seguro que fue el plátano!

 

 

 

 

                   

 

 

 

 


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