Ramang Ramang :  Visitemos un arrozal con cuevas y pinturas prehistóricas antes de que lo comiencen a explotar y lo estropeen.

Hemos planeado un día de excursión para visitar varios lugares cercanos, a unos 50 km.: Me centraré aquí en el primero de ellos, Ramang Ramang, para dedicar un segundo post a los otros dos,  Leang Leang y Bantimurun.

Después de un par de horas en coche, que es el tiempo normal para esa distancia, llegamos a un embarcadero en el que contratamos una barquita muy graciosa, de esas que parecen canoas. Graciosa hasta que intentas sentarte en el suelo de un espacio tan estrecho, claro, entonces ya se le va la gracia, es más, la provocas tú, girando sobre ti misma hasta dar con la mejor forma de conseguirlo, pero bueno, no es tan grave.

Lo chocante fue descubrir que iba a motor (cómo cambian las cosas, Díos mío)

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El embarcadero
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¿Falta barca o sobran  piernas?

La travesía, entre un bosque de palmeras que emergían del agua,  una especie que tiene las ramas abiertas, en forma de abanico, UNA PASADA. A los lados, riscos gigantes cubiertos de vegetación. Nos deslizamos bajo un pequeño puente de bambú y hasta de alguna rocas horadadas. Lo dicho, una pasada,  imposible captar en una instantánea toda la belleza que el paraje entrañaba. Y, sí, efectivamente, nos vinieron a la cabeza aquellos programas del De La Cuadra Salcedo.

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Un poco sí que hubo que agachar la cabeza para pasar bajo la montaña
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Cómo se mantenía el puente de bambú en pie, todo un misterio, aunque más tarde comprobaríamos la sorprendente resistencia de este material
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La puerta no es precisamente blindada

Tras unos quince o veinte minutos llegamos a destino, Raman Raman, un arrozal. Como si en Valencia, donde resido, no hubiera arroz, ¿verdad? Pero mira, no se nos había ocurrido nunca visitar uno allá.

Además, he de añadir que, tras él, en las rocas, había unas pinturas prehistóricas, lo cual  hacía ya única la visita. De momento el lugar se mantiene bastante virgen, aunque comienzan rumores de que quieren hacer un hotel, a ver si no lo estropean, como suele suceder.

 

 

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¿Merecía la pena? Creo que sí. Todo un espectáculo visual

Me metieron por un caminito, entre arrozales, en el que los dos pies juntos no cabían. Hasta ahí bien, porque como había verde por los lados, no tenía sensación de pérdida de equilibrio. Pero llegamos a un lodazal… La amiga indonesia que iba delante se hundió hasta el tobillo, y dijo mi marido: quítate los zapatos para no embarrarlos. Y dije yo, hundirme en el barroooo? ¿Y más, descalza? Ni lo sueñes, yo no sigo!!!… Tú sabes que soy de ciudad de toda la vida, para qué me traes por aquí? Seguid vosotros, yo os espero en la entrada. – ¿Y por dónde piensas volver sin guía?

Me giré y cierto, me encontraba en medio de una manta verde sin comienzo ni fin.

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Como él me suele recriminar, si una situación así ocurre estando con amigos, todo son risas, pero estando con la pareja…ya cambia.

Lo cierto es que se hizo un silencio tenso, como si de una decisión a vida o muerte se tratara.

Mientras tanto, nuestra amiga indonesia y, sobre todo la guía del sendero, una niña en apariencia de no más de 6-7 años, miraban con ojos incrédulos, de haba, como pensando y a ésta qué le pasa, no ha visto barro en su vida?

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Esta personita es nuestra guía. ¿Asustada, tímida? ¿Explotación infantil? No, sólo ayuda a su familia. ¿Después de la escuela? Eso ya no lo sé.

 

Y… debVivir día a día en Indonesiao reconocer, que en el fondo, el lodo hasta era agradable,  al ir hundiéndome hacía masajito, de verdad.

Además, cierto es que los zapatos no los manché, al menos en ese instante, aunque… las piernas, hasta medio muslo, las bermudas hasta la cinturilla, la camiseta hasta el cuello y el sombrero hasta las orejas…

Rozados por las suelas de los zapatos cada vez que levantaba el brazo para secarme el sudor, porque claro, “tó” esto a pleno sol con la temperatura de aquí.

 

 

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Finalmente llegamos sanos y salvos y pudimos ver las famosas manos sobre las rocas. Nada de preservarlas de la intemperie, aunque tampoco era necesario preservarlas de gamberradas, una cosa por la otra.

 

 

 

 

 

 

El regreso mejor, hasta me regodeé un poco en el barro, a fin de cuentas, por casi lo mismo nos hacen pagar en los spas. Y pude disfrutar observando cómo trabajaban el campo.

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En el camino de vuelta al embarcadero paramos en un segundo punto a visitar. Esta vez se trataba de una cueva prehistórica. Una de entre las 60 que, aproximadamente, se han descubierto hasta ahora, y que los expertos han datado con una antigüedad de entre 8.000 y 30.000 años.

Es un privilegio acceder a un lugar sin explotar pero, obviamente, no hay luz, ni pasillito, ni escaleras, ni arnés, ni ná de ná. Paraíso para los amantes de las grandes aventuras, pero para mí, de momento, demasiado. Ni siquiera ya hizo falta poner la socorrida excusa de que no llevaba los zapatos adecuados.

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Hasta aquí llegué. Imaginaos seguir un camino así sólo con una linterna para tres. Bueno, reconozco que ni aunque llevara la central eléctrica encima.

Me quedé en la entrada de la cueva, en espera… en espera de que no apareciera ningún animalito entre tanto, que esto no está controlado como el Terra Mítica. Reconozco que soy bastante cobardica, si bien entrar en un lugar así,  sin equipo adecuado ni dispositivos de seguridad yo lo denominaría, entre otras cosas,  irresponsabilidad.

Disfru2049té muchísimo, eso sí, el trayecto a pie hasta llegar.

Precioso,  una verdadera jungla.

El sendero, lo mínimo que se despacha, y más de una rama tuvimos que ir apartando.

Sin duda, no había visto tanta vegetación de cerca desde que dejaron de emitir las películas de Tarzán.

Mereció la pena la parada, aunque sólo fuera por eso.

 

 

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